Aprender de nuevo a esperar. Federico Campoy


Venid, pues, todos vosotros a quienes tiene cautivos con vergonzosas cadenas el placer engañoso que sugestiona el espíritu humano. 
Aquí encontraréis el descanso para vuestras fatigas, el puerto placentero de la paz, el único asilo abierto a los que sufren.
Boecio. La consolación de la filosofía

¿Qué está pasando?

En ocasiones como esta recuerdo aquél monje cisterciense que recogía con una calma asombrosa las malas hierbas del gran recinto abierto ante la puerta principal del monasterio. Desde la ventana de la hospedería pude observar su falta absoluta de prisa, su cadencia, su pausa cariñosa al tirar de cada planta y meterla en el cubo que llevaba en la otra mano. Pensé que cuando llegara a quitar la última ya habría crecido de nuevo la primera. Me interrogó entonces mucho esa manera de enfrentar la labor cotidiana, ¿tenía algún sentido? ¿Es posible vivir con esa paz un trabajo que se sabe un tanto cíclico y algo inútil? ¿No tiene algo de Sísifo? ¿Y por qué ese monje lo vivía no solo con una envidiable paz sino con una alegría nada explicable?

Traigo a la mente este recuerdo cuando, literalmente, se nos ha obligado a parar el ritmo acelerado de nuestra productiva y eficaz tarea cotidiana, la que con millones de motivos ha inundado nuestras vidas desde que alcanza nuestro recuerdo. El estilo de vida que cifra todo en un resultado cuantificable y, a ser posible, lo más inmediato posible. La vida de agendas llenas y proyectos infinitos para llenar el mundo de nuestros productos más variados. Esa que está regulada desde el primero hasta el último segundo de su devenir, cuantificada, pesada, cosificada y convertida en un paquete precioso de consumo. Vida que no ya es vida.

Y ahora hay un frenazo. Sin precedentes, un parón de nivel planetario que se va extendiendo de oriente a occidente con el avance siniestro de una nube que cubre la faz de la tierra. Paraliza la actividad productiva, la eficaz máquina de cálculo en la que habíamos cifrado nuestra seguridad personal. Nos confina, nos recluye… vacía nuestras agendas y silencia nuestros horarios. Derrumba en un instante la importancia de todos nuestros asuntos a los que habíamos entregado, sin saberlo, la brújula de nuestra existencia. A la vez nos invade por el miedo, pues los contagios crecen y amenazan con entrar en cada rincón como ángel exterminador. El virus, nuestro covid-19 o coronavuris, no es tan letal; el porcentaje de muertos no es ni mucho menos el que fue en otras desoladoras pandemias, pero es altísimamente contagioso, y tiene la vía abierta a todas las casas del mundo por las vías inmensas de comunicación que unen nuestro planeta; y así ha logrado paralizar nuestras vidas y colapsar las redes de defensa común, las sanitarias y las sociales; hace temblar las certezas y caer las máscaras tras las que nos habíamos escondido. Nos pone ante la única y cruda realidad: la vida y la muerte, en su más puro sentido… o sinsentido. Tiene el poder de hacer caer todo un sistema que se creía seguro y la capacidad de desenterrar los miedos atávicos que se creían desterrados.

Pero tal vez no sea la muerte en sí lo más cruel de esta pandemia, sino la faz con que se hace presente: la soledad y la fragilidad humana puesta al desnudo. Lo es la desesperación, la impotencia de no poder hacer más que lo que podemos, ante la inevitable experiencia del desgarro. Aquello de lo que ya sabíamos tanto desde hace tanto, pero que decidimos olvidar y dejar enterrado en una vida que nunca tomaba un respiro para preguntarse por sí misma. Morir sin nadie, solo ante uno mismo y la propia existencia… o la nada. Y pensar que mañana puedo ser yo. Una experiencia igualadora de dolor y de prueba, donde lo humano emerge como respuesta o como condena. Donde hay que elegir desde la aparente imposibilidad de hacerlo.

He aquí de nuevo la humanidad en trance de encontrarse a sí misma… o de perderse. He la proliferación de innumerables escenas de profunda comunión, gestos de acercamiento, en la distancia, entre personas, aboliciones en masa de diferencias e iniciativas de solidaridad y generosidad que hablan de un fondo que estaba callado en medio de tanto ruido de sociedad productiva. He aquí una humanidad que despierta el lado que más dormido tenía. He aquí héroes en cada esquina, personas entregadas hasta el límite, sentimientos desbordados por desbordamiento de bondad. Pero surge la duda acerca del poso real que esto ha de dejar en la conciencia colectiva, por si esta experiencia no hunde más su raíz en lo hondo del espíritu humano, trascendiendo la barrera de lo puramente emotivo y alcanzando un centro interior donde reside la verdadera esencia del darse y del entregarse hasta el final.

Porque desde el solo aspecto sensible o sentimental igual puede florecer el lado más altruista que el más mezquino e indeseable. ¿Y cuál es en realidad el que tiene más carta de derecho para triunfar sobre el otro, si en el fondo solo somos expresión de un proceso ciego de evolución, poco más avanzados que el virus al que queremos derrotar? ¿Cómo consagrar el altruismo y la generosidad como valores si no tenemos una referencia sólida sobre la que hacer que permanezcan también después de la amenaza que estamos viviendo? ¿Dónde reside el verdadero sentido de la entrega y el sacrificio de uno mismo, sea recogiendo hierbas en un monasterio o perdiendo la vida en los pasillos de un hospital o de una residencia de mayores? En definitiva, ¿tiene algún sentido todo esto, al margen de superar una contingencia que nos permita nuevamente acudir en masa a bares y centros comerciales a retomar una vida que no se cuestiona nada más allá de las necesidades físicas y psíquicas más momentáneas?

¿Dónde estamos?

La perplejidad se hace aún mayor cuando contemplamos atónitos el panorama de la humanidad completa. No existe precedente en la historia de una parálisis de estas dimensiones. Ni siquiera las guerras mundiales pudieron parar la vida cotidiana en tantos sitios, países y continentes, casa por casa, habitante por habitante, como lo está haciendo esta pandemia. Pero, a diferencia de una guerra, la maldad de la situación no proviene de los instintos más viles de la raza humana, sino de la acción inconsciente, y por tanto privada de intencionalidad alguna, de un microorganismo que solo sabe replicarse a sí mismo utilizando células humanas. Lo que esto nos pone de manifiesto fundamentalmente es la profunda interconexión de todo lo natural, por una parte, y la fragilidad increíble de todo nuestro entramado por otro.

Si comenzamos por el montaje humano-social, resulta admirable que el momento en que más seguridad podría tenerse en la capacidad de controlar todo desde nuestra técnica desarrollada, cuando ya se está hablando de transhumanismo y suprimir las barreras naturales para ingresar en la era de la virtualidad biotecnológica, un pequeño microorganismo venga a echar por tierra todas estas certezas y nos enfrente de nuevo con la cruda realidad de lo que somos: un ente autoconsciente que sabe que en algún momento comenzó a existir y que en alguno otro dejará de hacerlo.

Si en algo podemos sacar provecho de una parálisis y congelación de la vida social como esta es en el despertar a la realidad, comprender que gran parte de lo que vivimos es fruto de una construcción artificial que muchas veces nada tiene que ver con la esencia de nuestra vida. El gran teatro del mundo. Ante lo que está pasando se está despertando en muchos casos a eso que llamamos lo que de verdad importa, que no es ni más ni menos que lo que hemos sido desde siempre y sabemos que somos también ahora: dependientes, frágiles, sensibles, necesitados de comprensión, carentes de afecto y necesitados también de él, hechos para la comunión, imposibilitados para la autonomía absoluta, con permiso y perdón de Kant, en definitiva, fruto de una herida ontológica que delata que algo de nuestro ser no se ajusta a la facticidad en la que se tiene que desarrollar. Esa herida que San Juan de la Cruz constató desde su cárcel: ¿adónde te escondiste, amado, y me dejaste herido?

El desplome del montaje en el que vivimos debería ser ocasión para replantear nuestras prioridades, como personas y como sociedad. Podría convertirse en el momento de replantear la economía, las relaciones institucionales, la comprensión de las naciones, de los movimientos migratorios de millones de personas que huyen del horror y acuden a la acomodada sociedad occidental en busca de una vida vivible; ¿comprenderíamos mejor ahora a quienes viven confinados años y años en campos de refugiados o en miserias de las que nunca saldrán? ¿Sería momento de replantearnos el equilibrio entre fuerzas y revisar las políticas endiosadas por egos infantilizados e irresponsables? ¿Sería imposible pensar que nuestro estilo de vida no era tan desarrollado como creíamos? ¿Dónde estaba el error? Es tarea de todos volver a pensar el fundamento de nuestra convivencia. Es un reto, y no se debería permitir recomenzar sin una profunda y renovada reflexión sobre las bases de nuestras certezas, como sociedad, como civilización, como humanidad.

Es tiempo de desierto. Se nos ha llevado al lugar donde no hay referencias ni seguridades a las que aferrarse. Solo nos tenemos los unos a los otros, y eso es lo más bello de lo que está ocurriendo en tantos rincones, de España y del mundo entero. Redescubrimos que el mayor tesoro que tenemos son los lazos que nos unen, la profunda experiencia de conexión y comunión desde lo que somos en verdad. Habiendo necesitando de ellos, ahora pasa por encima de protocolos y de fórmulas previas. El desierto es el lugar donde la vida se lleva al límite, y sale a flote lo que de verdad llevamos por dentro, desde la fiera más indomable al santo más sublime. Tenemos la dorada ocasión de confrontarnos con lo que somos en verdad, y dar respuesta a ello.

Es tiempo de obediencia y humildad. No quisiera Nietzsche escuchar esto sin dar un salto de rechazo, pero es una gran verdad. El impulso de la vida nos puede llevar a superar una situación de contingencia, y seguramente lo hará más pronto que tarde, pero no puede asegurar por sí mismo que habremos hecho más sólidos los fundamentos de nuestras relaciones humanas. La vida de pulsión, por sí misma, no tiene la referencia para encontrar el rumbo ni el sentido adecuado hacia la edificación de un orden que nos lleve a la mejor versión de nosotros mismos. ¿No se podría volver la mirada de nuevo al ordo amoris de San Agustín y redescubrir los fundamentos de nuestra propia condición despojada de tanta capa como le hemos puesto encima?

¿Dónde estoy?

Heme aquí, pues, en oportunidad de volver de nuevo a la fuente, que mana por dentro, en la bodega íntima de la propia conciencia, donde ningún virus puede entrar a socavar con su mecanismo de simple biología, o de desoír la voz que surge en lo más profundo, que pide no ser de nuevo ahogada en la prisa, la eficacia, o la pura evasión del disfrute del momento. He aquí, de nuevo, la oportunidad de dejar a Dios ser Dios, o de ahogar de nuevo su voz en el trasiego de una huida hacia adelante, para llenar los espacios de silencio de nuevos ruidos que impidan escuchar el mensaje que llega en cada brizna de aire.

Si en algo podría aprovechar el reto que se me pone, que se nos pone a todos ante los ojos con esta pandemia de alcance planetario, es precisamente en la posibilidad de retornar al interior como único lugar donde reside el verdadero sentido de toda existencia. Volver a intentar encontrarlo en la contingencia exterior a nosotros es practicar un suicidio definitivo. Nada de lo que ocurre es portador, por sí mismo, de sentido ninguno, de no ser porque viene con un sello que solo un alma atenta puede intentar descubrir. Pero la atención es algo que hemos perdido hace mucho, y ahora se nos ofrece la oportunidad dorada de recuperarla. Una atención que no mira el objetivo a lograr sino el detalle de plenitud que hay en cada momento de vida. Una atención que sabe callar. Que sabe parar. Que no grita su desesperación por no querer ser.

San Juan de la Cruz no escribió en la prisión su Noche oscura sino el Cántico espiritual, obra llena de luz y resonancias de naturaleza abierta. La paradoja se hace carne en quien vive su existencia transida de una presencia que va más allá de la contingencia en la que viene envuelta. De ser así, seguramente no tendríamos entre nosotros ninguna creación de belleza, ni la sublime música de tantas almas excelsas, ni el color de la paleta de pintura de tantos artistas de inspiración transfigurada, ni la línea, ni la forma, ni ningún atisbo de elevación de la realidad a un nivel en el que se toca con los dedos la trascendencia en la propia experiencia inmanente. Precisamente la capacidad de transfigurar la experiencia real, de provocar una promoción de nivel, subir de registro y poder contemplar la propia contingencia desde una perspectiva elevada de sí misma, eso es lo que caracteriza la irreductible certeza de que somos más que la suma de partes ínfimas cuya ordenación algorítmica parece querer ser la clave de comprensión de nuestro ser.

Si intento comprender la naturaleza de lo que soy desde el miedo instintivo que vivo ante la amenaza biológica de un virus, entonces constato mi ser puramente reactivo y puedo quedar reducido a ello, prisionero, atado y paralizado por la misma naturaleza de la que parece yo también soy una expresión. O dejo que esta misma ley siga su curso y me uno a ella con una resignación más o menos estoica, pretendiendo que no afecte a mi estado de ánimo. O reacciono desde la misma instintividad y planto cara y lucho hasta la extenuación, con el riesgo de que el sinsentido hunda de nuevo sus garras en mi dolorida carne. ¿Quedan alternativas? Muchas, y muy loables. Siempre nos quedará el humor, la capacidad de relativizar y encontrar ese lado absurdo ante el que podemos descubrir de nuevo ese aspecto grotesco de toda pretensión humana; nos queda la belleza de la que antes hablé, nos queda el cariño, el amor. ¡Tantas muestras del fondo de nuestro ser!

Por mi parte confieso que lucho con denodada fuerza porque aquella palabra que resonó en el gran inicio, ¡fiat lux!, y que volvió a deslumbrar el cosmos con su brillo, fiat mihi, provocando la gran respuesta de la historia al gran drama de la existencia, Verbum caro factum est, uniendo así la eternidad y el tiempo, la carne y el espíritu, la vida y la muerte, deje de nuevo su impronta en mi alma y mi propio corazón; y lo haga también en el corazón desecho de tantas y tantas personas que luchan, en soledad o en compañía; brille e ilumine tantas personas que lo dan todo por salvar aunque sea una sola vida; entre a arrojar luz en la enfermedad, esperanza en la miseria y paz en la turbulencia; que ilumine a tantas personas que han obedecido y han parado su vida entrando en el tiempo de la espera; brille en la humanidad herida y también expectante alentando sus esperanzas; llene el vacío de quienes no encuentran sentido a nada de lo que sucede; ilumine a quienes debemos reflexionar, repensar, recalcular el rumbo del entramado humano, social, económico, político; que nos dé perspectiva, no nos deje sucumbir en lo inmediato, y nos ayude a entrar en la profundidad de nuestro ser para encontrar en él su Presencia y la certeza de que los interrogantes que ahora, con renovada fuerza, surgen en todos los rincones de la tierra, no quedarán por siempre sin respuesta.

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