El fin del nihilismo y el comienzo de una nueva época. Ramsés Sánchez


Hay una enfermedad para cada uno de nosotros. Frente a la normalidad y el hartazgo de las situaciones humanas, absolutamente singulares, la casa, el trabajo, los alimentos, el acceso a la cura, han revelado su secuestro radical. El sentimiento de recuperación de lo normal señala que, lo que hasta hace poco era digno de aburrimiento, hoy muestra su carácter exótico. Lo que creíamos estable y constante se ve interpelado por lo extraño e inapropiable. Esta revelación ha desecho la diferencia entre el afuera y el adentro. Los acontecimientos irrumpen para originar nuevas diferencias inalcanzables para la continuidad que destruyen. Hoy estamos secuestrados por un acontecimiento anónimo y su ámbito ontológico no se agota en la biología y la política. Ha trastocado la continuidad del tiempo de todos.

El hacinamiento de los países, pasiva o activamente, ofrece la ruptura de las prerrogativas políticas que separan o unen a los pueblos. Hay una unidad invisible entre las personas que no es susceptible de ser sometida a la espacialización. Es el tiempo del mundo el que parece en suspenso. El aislamiento ha unido y obligado a recordar lo que estaba separado y olvidado. Vuelven desde su ausencia los viejos amigos y los antiguos amores. La lejanía física de nuestros prójimos y próximos desaparece a partir de la puesta en común del lenguaje y éste último deviene medio de reconocimiento, testimonio y olvido. ¿Puede comenzar aquí el tiempo del perdón? Perdonar es cosa del otro.

En los momentos de mayor incertidumbre es necesario comenzar a hablar. Hablar consiste en dar testimonio. Expresión de lo singular inabarcable. ¿Qué habla está dispuesta para esta situación? La palabra de las víctimas, el testimonio, de los que llevan en sí la enfermedad y la padecen ofrece modos absolutos de habitar la grosera extrañeza de la pandemia. Frente a las víctimas el habla de los medios de comunicación está mediada. La mediación es una interpretación interesada. Pero es necesario escucharla. No obstante, si hay que prestarle atención su lenguaje no debe dominar el núcleo de la interpretación. La palabra de los que sufren ofrece esperanzas para convivir con una realidad que hoy nos sobrepasa. Nada nos había preparado para un acontecimiento tal. No contamos con ningún modelo para aprehenderlo. Es así que solo las víctimas podrán ofrecer cómo se vive ante esta realidad. Su habla nace del sentido originario del ser de la afectividad. Es así que la palabra del que se encuentra secuestrado por el dolor debe ser escuchada.

Sin embargo, hoy solo hablan los que entienden la pandemia en términos de fracaso político y reordenamiento mundial. Desde esta vía será necesario vigilar los nuevos tratados internacionales. Ya habrá tiempo para pensar en ello. Por ahora, en este instante, es necesario atender que estamos cerca de olvidar lo fundamental. La situación en la que nos encontramos revitaliza el sentido de la vida en la búsqueda incesante de la verdad. Si estamos cerca del precipicio es porque nos descubrimos volviendo violentamente al fondo del sentido donde los misterios se muestran en su crudeza y desnudez. En esta vuelta se ponen en intermitencia las preguntas fundamentales, las que carecen de interpretación y las que muestran si estamos listos o no para acceder a una escucha sin precedentes.

El sufrimiento originario no es digno de interpretación. Esto señala que es necesario aprender desde aquí a detenerse. También el filósofo tiene miedo. También los sabios intentaron regresar a sus lugares familiares. Hay un Getsemaní para cada uno de nosotros. ¿No es necesario, ahora que cada uno se ha vuelto una pregunta para sí, pensar si lo que interpretamos está sometido a la fuerza de nuestro lenguaje? Interpretar consiste en modificar una realidad. La lengua y la realidad pertenecen a dos ámbitos ontológicos distintos. Y, si aún se puede decir algo al respecto, la realidad es mostración y brillo, apertura que carece de forma y materia. La realidad vive y palpita derramando las potencias de los misterios. Revela su donación sin exigir de suyo ningún interlocutor. La realidad es el constante derramamiento de la manifestación. La realidad no se agota en el lenguaje y excede las cosas materiales.

No sabemos en qué situación estamos. Sus bordes aún nos son desconocidos. Nuestras palabras se encuentran conmovidas pues la revelación de esta pandemia nos ha dejado absolutamente desorientados. El mundo nos lanza una pregunta. Y el miedo nos ha aislado y mantenido mudos. La soledad que nos conmina, auspiciada por el aislamiento sistemático, ofrece un tiempo para retornar al cuidado de sí como momento previo a la calma. De alguna manera sabemos que la Gelassenheit ya no está reservada. El cuerpo es la casa del lenguaje. Su salud es la condición para expresarse. Así, secuestrados por una situación inasumible, el silencio emprende su precondición como la situación vital desde la que se muestra que, para comenzar a hablar, hay que estar preparados.

Hemos extraviado la diferencia entre lo cercano y lo lejano. El acontecimiento, kairológico o no, no lo sabemos, en el que nos encontramos, señala que estamos secuestrados por una totalidad. Paradójica realidad de una cultura cada vez más individual. Exceso de impotencia para unos seres que, hasta hace poco, tomaban su orgullo de la vanidad. El poder de ser individuo se ha perdido. No obstante, a diferencia de las fuerzas que han dominado la comprensión histórica del poder, encarnado, según Hegel, en el último hombre de la historia, lo que padecemos hoy revela una fuerza superior, un poder latente, invisible, que ya no deja espacios sin habitar. Ha comenzado la época en la que finaliza el modelo nihilista a partir del cual era posible cualquier reconstrucción, personal o espiritual. Es el fin de los apocalipsis hermenéuticos. Hoy en día todos los espacios están habitados por el mismo fantasma. Y, aquí surge la pregunta de nuestra meditación: ¿estamos preparados para pensar para mañana? No lo sabemos todavía, mientras tanto, necesitamos atender, más allá de toda política y toda biología – si es que podemos sobrevivir singularmente a lo que nos pasa – las potencias que se esconden en el seno de un acontecimiento que nos puso inmediatamente en el abismo. Guardar silencio y escuchar el testimonio ofrece el modo de habitar este momento. Aún no es tiempo de poner palabras en lo que está por venir. Es tiempo de silencio y de cuidar de sí.

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