El reverso de la historia. José M. Iglesias


Acostumbrados como estamos a la singular cotidianeidad que marcan nuestros tiempos, esta nueva forma de vida parece que impresiona. Impresiona o al menos desconcierta. Buena prueba de ello son los variopintos comportamientos que venimos observando a nuestro alrededor o en nosotros mismos y que demuestran que cuando lo hasta ahora “incuestionable” se esfuma, nos vemos obligados a improvisar existencialmente una nueva forma de ser y de estar. Como bien advirtiera Unamuno –ya bien entrado en años, por cierto-, en la faena de la construcción de la propia identidad juega un papel tan importante la representación como el propio guion de la vida. Aquello que proyectamos ante los demás y que necesitamos proyectar para salvar la necesidad de ser acogidos no sólo no es impostura sino que constituye también la propia identidad más profunda. De tal forma, que lo más íntimo y la proyección exterior se retroalimentan. Eso sí, siempre y cuando exista una toma de conciencia de todo ello… que a modo de juez interior calibre la situación y evite los excesos.

Pues bien, si algo caracteriza a estos días de cuarentena es que nos han dejado sin teatro y sin escenario para representar nuestra función. La excepcionalidad ha ido arrebatándole progresivamente la normalidad a nuestro mundo. Medio desconcertados y escépticos fuimos poco a poco dejando a un lado las actividades cotidianas hasta terminar confinados en nuestras casas viendo las consecuencias reales de aquello que anteriormente solo conocíamos de oídas y que creíamos ajeno ¡Esto se parece a la acción paralela de Musil! recuerdo que comentábamos algunos amigos fuertemente contrariados entre la información mediática in crescendo y las nulas repercusiones que se observaban en la calle… ¡Una inteligente forma de camuflar otras noticias más graves: como una crisis económica, por ejemplo! –añadía alguno de nosotros-. No iban por ahí los tiros. Nuestro mundo es mucho más contingente. Y entre tanto, en lo que va de un lunes a martes, la cotidianeidad quedó paralizada y con ella el hacerse de la vida desnudo totalmente. Sin escenario, sin telón, sin decorado ¿cómo hacerlo, cómo hacerse? Obviamente, ni esta pregunta ni esta reflexión se ha tematizado en muchos, pero lo que sí que es cierto es que cualquiera un poco tendente a deslizar la pantalla de Facebook habrá caído en la cuenta del masivo enriquecimiento de su ya de por sí abundante cartelera.

Ahora bien, nos equivocaríamos si nos quedásemos únicamente en esta necesaria cara externa de la poiesis personal. Y es que, este estado de excepción en que vivimos pone al descubierto la realidad de la historia en toda su profundidad. A medida que el tiempo se vacía –si lo dejamos vaciarse- va haciendo aparición algo muy especial: el reverso del devenir histórico. El tiempo “discreto”, distribuido y organizado en tareas y horarios deja paso al tiempo “continuo” e interior que lo sustenta. Si caemos en la cuenta, la vida está hecha de progresivas citas y acontecimientos… los cuales son vividos muchas veces desde fuera y acumulativamente sin experimentarlos en lo profundo y sin hacerlos propios. Buscamos injertarnos en el mundo y en la historia, y con ese fin, vamos asumiendo cada vez más fielmente su “lógica discreta”. Nos convertimos en surfistas experimentados, si es que tenemos éxito, y pocas veces –solo si fracasamos, diría yo- dejamos la tabla por las gafas de buceo y nos atrevemos a sumergirnos en las profundidades quietas y misteriosas.

Pues bien, estos momentos de cuarentena sí que pueden ser una oportunidad –al margen del fracaso- para ponerle resistencia a la homogeneidad del tiempo discreto y enfocar la dimensión profunda. Walter Benjamin consideraba especialmente importantes aquellos momentos en los que el sujeto histórico tomaba conciencia de su papel y actuaba generando en torno a sí un antes y un después. No sé si tras este confinamiento estaremos en disposición de salir a pegarle tiros a los relojes de las torres de nuestras iglesias(1) pero al menos sí que podremos decir que hemos tenido la oportunidad de vivir y experimentar la excepcionalidad y de caer en la cuenta de que lo dado –la función en la que actuamos- es solo uno de los múltiples escenarios contingentes en los que puede desarrollarse algo mucho más profundo: la vida.

Si antes hablaba de Benjamin, quiero traer de nuevo a colación a Unamuno quien allá por el 1925 publica en París su ensayo: La agonía del cristianismo. La primera vez que tuve este texto en mis manos, me impactó la forma en que el vasco nos retrata este “reverso de la historia” del que vengo hablando. Dos personajes: Abisag la Sunamita y la Madre del Soldado Desconocido. Cuando el rey David agonizaba y era incapaz de calentar las sábanas por sí mismo toma por esposa, o más bien le dan por esposa, a la joven Abisag. Lo que de primeras podría parecer cabalgar una buena ola (2) –por seguir con la jerga surfera- se convierte en una auténtica lección magistral de buceo. La joven reina consorte se dedica al fin para el que fue elegida… deshacerse en amor y cariño para con el moribundo monarca. Mientras, fuera de su alcoba y de la continuidad del tiempo de su lecho, los herederos y cortesanos deciden y departen “discretamente” el devenir del reino.

La historia tal como la cuentan y la vivimos es siempre cosa de grandes maniobras y acontecimientos… sin embargo, su revés, su desde dentro, pasa siempre inadvertido y desconocido para muchos. Pensemos en los manuales de historia y en todas las batallas y guerras que memorizábamos en ellos. Y pensemos también en el anonimato de los que en ellas perecieron. De los que las vivieron desde dentro –en su durée que diría Bergson-. A Unamuno le llamaba la atención la estatua del Soldado Desconocido de Paris y muchas veces se quedaba contemplando a las madres que iban hasta allí a llorar. ¡El reverso de la historia se manifestaba en ellas… pero solo momentáneamente y para el observador avispado que supiera captar tal mónada(3) de denso significado!

Con todo esto, voy a que la paralización a la que asistimos ha de permitirnos al menos caer en la cuenta de esta maravillosa y oculta cara (reverso) del devenir histórico. Lo que parece incuestionable e inquebrantable –en este caso el sistema que da forma a nuestras existencias- es una mera posibilidad contingente entre otras y sustentada siempre por el desde dentro de las vidas. Ojalá que la experiencia de estos días nos ayude a bucear bien adentro en el hondón del tiempo continuo; y que no se nos vaya toda la sensibilidad en elaborar “posts” profundos que nos auguren una rápida cosecha de “likes”. No hay escenario… no hay teatro; pero la tarea y la obra siguen en marcha. ¡Experimentémosla en toda su hondura! Adjunto para terminar unos versos(4) de Antonio Machado, auténtico maestro y testigo de todo esto de lo que vengo hablando.

Que el caminante es suma del camino, 
y en el jardín, junto al mar sereno, 
le acompaña el aroma montesino, 
 ardor de seco henil en campo ameno;

que de luenga jornada peregrino 
ponía al corazón un duro freno, 
para aguardar el verso adamantino 
que maduraba el alma en su hondo seno.

Eso soñé. Y del tiempo, el homicida, 
que nos lleva a la muerte o fluye en vano, 
que era un sueño no más del adanida. 
Y un hombre vi que en la desnuda mano 
mostraba al mundo el ascua de la vida, 
sin cenizas el fuego heraclitano.



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Notas:

(1) En su tesis XV sobre el concepto de historia, el filósofo Walter Benjamin se hace eco de un acontecimiento que tuvo lugar en la Revolución de 1830. Un grupo de parisinos salieron entonces a la calle y dispararon a los relojes de las torres en señal de que el tiempo histórico anterior había muerto definitivamente, lo habían matado.

(2) En la jerga surfera esta expresión significa ser capaz de mantener el equilibrio sobre olas de gran fuerza. Adquiriendo así el prestigio y la acreditación dentro del mentado deporte. Utilizo esta jerga (relacionada con el mar y las olas) a propósito de la bella imagen unamuniana del mar (en su fondo y en sus olas) para explicar la historia y la intrahistoria.

(3) El término mónada es utilizado aquí benjaminianamente. Para Walter Benjamin, la mónada es la constelación de significado a través de la cual el pasado se hace presente al historiador a partir de un acontecimiento puntual y marginal. Es un momento significativo y fugaz pero tremendamente intenso… el propio autor lo compara con los ángeles cuya existencia se consume fugazmente al cantar su mensaje ante el trono divino.

(4) Poema titulado “Esto soñé”, compilado en el libro Nuevas canciones, CLXIV [II].

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