El santo tiempo de la vida. Miguel García-Baró



He recibido muchas cartas de amigos estos días. De pronto todos tenemos tiempo, cuando creíamos averiguado que esa mercancía se había vendido toda hace mucho -con nosotros dentro- y, en consecuencia, nuestras vidas andaban alienadas (a veces, alienadas en hermosos y constructivos trabajos, que habrían sido infinitamente más hermosos y constructivos si no nos hubieran exigido cada minuto y cada aliento).

Nos gustaría que la historia se dirigiera por los progresos del espíritu y que los seres humanos mejoráramos pensando; pero ocurre que la enfermedad, la desdicha, el fracaso o la culpa son más bien quienes impulsan la historia social y la historia individual a empujones, a puros golpes y patadas. La revelación de abusos pedófilos lanza adelante la depuración de las iglesias; el terrorismo islamista purifica tanto al resto del islam como las relaciones interreligiosas, y acaba con aquello de que se alcanzó el fin de la historia y con el estadio postmoderno de la cultura en Occidente; la pandemia puede hacer volar por los aires el híbrido régimen dictatorial chino y va a barrer los populismos en las democracias y mejorará la política logrando que se dediquen a ella las gentes honradas que ahora no quieren ni tocarla.

En una de tantas cartas inesperadas me dice mi amiga Astrid: “… Estos tiempos tan extraños de pandemia, tiempos que aúllan una paz finalmente usurpada a pesar de todo, de una belleza mordiente. Y siento que los que hayan de partir en estas semanas lo harán por la puerta grande de este mundo, con lo mejor de nosotros, en medio de una desconocida paz natural y grandiosa, en los primeros días de la primavera.”

Miro esa paz usurpada, esa belleza de un mundo cuyas calles se han vaciado. Tengo bastante rato para no hacer otra cosa que mirar. Estos días pasados el espectáculo era el pánico de un gentío arrastrando carros de compra y bolsas. Solo valía la pena salir al balcón para unirse a las ovaciones que una parte del barrio -solo una parte: muchas ventanas siguen cerradas y en negro- dedica a los sanitarios que no van a escucharlas pero las disfrutan y las necesitan. No había aún ninguna paz grandiosa ni había empezado la primavera. Era palpable que el miedo al dolor, a la soledad y a la muerte corría como una infección, mucho más deprisa que el virus desconocido, mutante, pegajoso, que espera dos semanas quieto en tu sangre hasta empezar a ahogarte, a destruirte.

Perdemos de vista que para al menos dos tercios de la humanidad, el día es una aventura que nadie sabe si logrará acabar. Recuerdo una bella iglesia barroca en una esquina de la ciudad de Morelia, allí donde el centro urbano relativamente seguro va bajando en cuesta hacia los barrios por los que no debe caminar un extraño. La tarde terminaba en un estallido de colores y nubes, como es constante en el altiplano de México. Me sorprendió que había una muchedumbre en aquella misa a deshora y me quedé al fondo escuchando la plática. El cura empezó dando gracias al cielo por haber sobrevivido otro día más…

Parece que si a viva fuerza nos devuelven el tiempo y el silencio, se nos viene encima la angustia. Otra amiga confiesa haber descubierto la inminencia de la muerte, que puede acercársele cuando apenas pensaba haber empezado a vivir: aún no tiene hijos, aún no conoce bien si su matrimonio podrá prosperar ni si su profesión la llena de veras. ¡No hay derecho -dice- a que precisamente ella corra este peligro que la deprime tan intensamente! Si ha nacido, será para vivir lo suficiente; si no, ¿para qué todo?

Pascal suponía que un pobre ser humano abandonado al confinamiento solitario ve brotar de sí una fuente de horrible tedio. En estos tiempos parece que lo que sale de nosotros no tiene la calma extraña del tedio sino la velocidad enloquecida de la angustia. ¿No estábamos programados hasta hace nada para vivir noventa años y disponer de la posibilidad de probarlo todo?

Lo mejor de la filosofía contemporánea dice que, en realidad, no hay momento presente que no sea una crisis, pequeña o grande, y que está enfermo aquel que no quiere ver esto porque no puede soportarlo. De hecho, nuestros ojos se han acomodado a la morbosa visión al revés: todo es rutinario y solo muy de cuando en cuando se presenta algún desastre o se nos concede algún regalo que introduce una variación. Los casos serios no los conocemos: deben de estar guardados para un remoto futuro y quizá no vengan nunca.

La verdad es, sin embargo, que a cada instante se nos ofrece una novedad, un algo otro desconocido que está reclamando de nosotros una respuesta libre y, por eso mismo, creadora. La vida es por esencia imprevisible en la medida en que se nos da pasivamente, queramos o no; y lo es también si nos decidimos a introducir algo libre y nuestro para contestar a la incesante pregunta que nos dirige cada situación. Nuestra libertad, sin embargo, suele emplearse en el sentido de no admitir que nada ni nadie nos esté realmente preguntando o exigiendo algo y, por consiguiente, logramos hacer de los momentos presentes una masa de pasados reiterativos, de algo indiferente y que siempre sabe a lo mismo. Pero entonces es claro que si la sociedad provisionalmente nos retira de nuestros trabajos absorbentes, caeremos en la cuenta de que ni la angustia ni el tedio saben todo el tiempo a lo mismo: cambian a peor constantemente.

El caso serio es ahora, cada ahora; solo que -se diría- comprenderlo y experimentarlo fatiga mucho. En realidad, fatiga mucho más pasar por alto esta verdad continua. Esa vieja aspiración a escaquearnos, como decíamos en la mili, consiste en querer morirse de aburrimiento o, si nos ataca la pandemia, en poder morirse de miedo. La solución no está en practicar un desapego respecto de todo que nos vuelva invulnerables a los giros tremendos de la suerte. La Antigüedad practicó amplia y radicalmente varios modos de esta ilusión, y algunos, en la forma de lo que gustan llamar espiritualidad para ateos, están hoy muy presentes en nuestras librerías -¿no habéis visto esos manuales, con cuadernos de ejercicios, para convertirse en estoico?-. Los cínicos, que preferían enloquecer antes que experimentar placeres, trabajaban todo el día para volverse invulnerables, autosuficientes; querían necesitar muy pocas cosas y esas pocas, necesitarlas muy poco. En efecto, quien se ha vuelto pobrísimo y prefiere vivir sin ambición alguna, puede estar movido tan solo por el ansia de que nadie lo envidie; y si nadie lo envidia, malamente será ofendido. Quien se descarta a sí mismo de toda empresa de aumento de su saber o sus talentos que pueda repercutir en beneficio público, se sentirá a salvo de que haya quien desee perseguirlo o, simplemente, calumniarlo.

Si no me vinculo absolutamente a nada, ni siquiera a mí mismo, tendré una independencia, una especie de ligereza y desembarazo -la levedad del ser…- que nadie más conoce. Nada me afectará, nada me alterará, nada me importará. ¡Qué paz la del olvidado, la del invisible, la de quien vive oculto, como recomendaba el semidiós Epicuro a sus adeptos! ¡Cuánto egoísmo puede esconderse en las renuncias de una persona que entienda mal, pésimamente mal, lo que la razón y la esperanza demandan!

El bien no nos llama de ninguna manera al desprecio de las realidades, ya sean sensibles y mundanas, ya sean de orden intelectual o espiritual. La verdad es en cambio la que expresó Blondel en una nota de su diario de juventud: El desasimiento perfecto nos ase a todo sin atarnos. Solo el ídolo ata; el amor, en cambio, está preocupado, desde luego que lo está, pero solamente por el amado, y se cuida de él. La verdad del desasimiento es vaciarse del egoísmo: quitar el yo para que solo subsista el fondo del alma, como, por ejemplo, lo expresa Tauler: fondo por el que corra entonces la vena llena de vida que es el Dios que lo ocupa.

Ninguna imagen sobre ello más poderosa que la de pensar, en este sentido, la dicha absoluta no como mi dicha, sino como el triunfo total del bien, del amor, de la eternidad: yo, casi desaparecido en medio de ese océano de belleza, recibiendo en él lo que el Dios disponga.

Se hace un avance esencial cuando se comprende que no se vino al mundo para cumplir una misión que no sea, precisamente, la de haber nacido: la de ser el milagro de una vida original, secreta, mucho más real y profunda que la muerte. Este es un milagro que habla a todos de bien maravilloso, indeciblemente más grande que ninguna pretendida misión sin cuyo cumplimiento todo quede truncado, fracasado y sin sentido.

Hay que combatir el miedo con realismo, jamás perdiéndole la mirada enigmática. Claro que tenemos tasado el tiempo, y por eso es apasionante vivir; claro que puede asaltarnos el dolor y que el sufrimiento y la muerte pueden, sobre todo, atacar a las personas que más queremos. Es el reverso del gozo y del amor.

La muerte no es la nada, es lo otro. Hagamos, al menos, que nuestros muertos de ahora salgan, en efecto, por la puerta grande de este mundo y no en medio de nuestro terror de adolescentes que parece que nunca han pensado en nada que no sea trabajar todo el santo tiempo. Y eso ni siquiera es trabajar…

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