La exterioridad de la morada. Francisco J. Parra

A mis hijos, Luz y Noham

La ladera
Junto a mí vives, igual a mí:
como una piedra
en la mejilla hundida de la noche.
Oh, esta ladera, amada,
donde sin pausa rodamos,
piedras que somos,
de reguero en reguero.
Cada vez más redondas.
Más afines. Más ajenas.
Oh, ese ojo ebrio
por aquí extraviado tal nosotros
y que a ratos atónito
en uno nos mira.
Paul Celan (Trad. Reina Palazón)

Estos días son de una soledad diferente, una soledad hacia afuera podríamos decir. Es inevitable por ejemplo pensar en aquella esencia del sujeto que indica Levinas, y que consiste en el hecho de estar ofrecido al otro sin descanso, sin cobijo, aún a pesar de sí mismo, aún más, contando con el hecho de que esa esencia de apertura no implica descansar en otro centro que no sea el sí mismo y sin embargo a pesar de sí mismo; revés de sí en la que la subjetividad deviene ser-para-otro. Estamos acompañados, pero inevitablemente solos en esa presencia del responder, y esto eleva la condición humana.

Lo más precioso de todo esto es que ocurre en la morada. En el ámbito por excelencia de “lo femenino” en términos levinasianos de Totalidad e Infinito, de la interioridad, la alteridad relumbra como acontecimiento, como rostro que habla. Ahora más que nunca las paredes hablan y oyen. Me decía una amiga: “ya no puedo estar sola ni un minuto”, una exposición que consiste en no contener el ser, en “sentir que tenemos espalda” como decía también el filósofo. La interioridad deviene exterioridad y la tranquilidad de la casa deviene, a veces, en acontecimiento. ¿Y se puede vivir en el acontecimiento, en la subjetividad dada la vuelta en el límite del cuerpo? ¿Se puede vivir en la epojé aún en la interioridad? Creo que nos lo indica insistentemente Miguel (permítaseme hablar familiarmente) cuando plantea precisamente la urgencia por la verdad y la valentía que se nos da en ella. No se trata de que en la interioridad de nuestra morada advenga la exterioridad del afuera (otra forma de cotidianidad, en la que la novedad distrae tantas veces), sino al contrario, la interioridad despierta una exterioridad diferente, en la que lo cotidiano del otro, “lo femenino” despierta una urgencia de responder porque cohabitar llama a los rostros.

En De la evasión, y también en De la existencia al existente, hablaba Levinas del insomnio como esa experiencia de extrañeza que no consiste en una novedad radical, si no en no poder apoyar la cabeza en la quietud. Incapaz de acogerse en sí, de envolverse en el dormir, la experiencia deviene “inasumible”, sin distancia, y la casa, ese lugar para descansar, deviene desierto sin lugar, el Hay, el ser sin existentes que mientras Heidegger celebraba en su ausencia presente (aletheia), Levinas advertía su fuerza inminente, la necesidad de salir de ella que de poética no tenía más que sobrevivirla para poderla contar. Pues precisamente, y sin ser su destino, la condición de alteridad absoluta, relación sin síntesis, es aquel “fenómeno” del sentido en el que el habla rompe la exposición a la nada.

Y es así como en nuestras paredes parlantes, en el hogar donde todo está calurosamente dado por supuesto, la visita de ese otro que entra por la ventana rompe el insomnio, rompe el Il y a, el Horla si se quiere, y lo que sirve para ser habitado, para ser usado, cambia su configuración o se revela en una presencia litúrgica de ofrecimiento y compartir. Es verdad que en esa luz no se vive, no sé realmente si se podría. Como también dice Miguel en Del Dolor, la verdad y el bien, es factible ceder a nuestra condición de habitantes de la verdad en acto y potencia, categoría existencial de caer en lo inauténtico, de volver a la caverna sin querer, pero ¿qué es pensar si no tener paciencia para saberlo con tiempo? Y esto no sólo puede contener el esfuerzo libre de la razón, si no la apertura abierta de la vulnerabilidad que en los otros textos, como el de John, se ha señalado. La vulnerabilidad es ofrecimiento al otro que acontece en esa presencia, como si una realidad sólo ocurriera cuando su correlato está presente. Ya no es estoicismo, si no deseo y atención.

Y esto todo en la presencia de los terceros cuya mayor alteridad radica en su cercanía a la muerte, en esa otra morada sin descanso que es un hospital en este momento. Si hemos hablar de causa, y como decía Ricardo en su texto, no hay que batallar en cuestiones de conspiraciones y órdenes mundiales, órdenes del Ser en los que el ente no vale más que para sus fines. Es verdad que la política calcula sobre la moral, pero atender a esos fines, darles valor sin la palabra de la moral como contrapunto, es desarrollar su propio discurso, es casi recrearlo. Y si bien es cierto que la muerte (mas no el fallecido y su recuerdo) puede ser cálculo de la política sin tiempo de moral, la causa verdadera son esos terceros ausentes y vulnerables a quienes no podemos ver, a excepción de ese ojo que todo lo mira.

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