La Quietud. Nieve sobre los cerezos en flor


He apurado mi vuelta de España al 10 de marzo cuando todavía la pandemia era para no pocos cosa de chinos y accidente sanitario de italianos, pero principalmente luego de lidiar un par de veces con algunos que llamaban o gritaban “¡coronavirus!” a personas de “rasgos orientales”.
Esto ha ocurrido en varios lugares de esa tierra, donde dicho sea de paso tengo tanta gente querida, con personas de origen chino, coreano, japonés, español, estadounidense; caso, este último, en el que un chico recibió una paliza de dos personas porque manifestó verbalmente su enfado luego del improperio, teniendo luego que haber sido hospitalizado.

Al parecer, y en buen momento, estamos en un trance relativamente compartido por el que se abre paso la urgencia de atender lo más relevante de lo invisible en la vida de las personas, de lo que habitualmente parece no estar a la vista de todos: el ver mismo de lo que acontece y lo que ello comporta. Parcialmente en la vida de cada uno de nosotros empezamos a advertir Filosofía en una situación vital que llamaré aquí Quietud. Vayan pues dedicadas estas líneas a todas las personas, rostro encarnado que somos todos y cada uno de nosotros, con nuestros rasgos y a la vez sin ellos, a ti querido lector.

Lo que ha acontecido

En algún momento de nuestra vida nos hemos enterado más o menos en serio de esta verdad tan evidente como por momentos aparentemente olvidada, que dice: en lo más radical de lo invisible de nuestra vida nos jugamos lo más cierto de lo visible, el alcance de lo que hagamos con aquello que nos ha ocurrido y que ocurre a los otros. De ahí que tengamos ante nosotros la posibilidad de tratar directamente, sin paliativo alguno, con lo que ha acontecido (aconteceu, en el uso coloquial del portugués).

Muestra de ello es cuando callamos de verás sin proponérnoslo (de esto último solemos darnos cuenta luego); en ese callar parecen faltarnos palabras para decir algo, es como si la vivencia misma, a la que solemos llamar con cierta imprecisión “experiencia”, nos tuviera consigo. 
En ella, en la vivencia, las afecciones y los sentimientos parecen llenar todo el espectro vital de nuestras facultades en el gozo, en el disfrute, en la pena y/o en el dolor, por ejemplo.  Paradójicamente eso que vivimos en lo invisible, está muy a la vista de cada uno de nosotros por y en nuestra psihé, alma, carne viviente (en palabras del último Henry) de este mi cuerpo en presente vivo.

Algunas de estas vivencias son parcialmente patentes en el conjunto de nuestras sensaciones, en el llamado cuerpo fisiológico: nos sonrojamos, lloramos, nos sentimos excitados, nos enfermamos, tenemos migrañas, alergias, entre otras de esta índole.

Por otra parte, hay un movimiento inverso a (hacia) nuestra vida y con ella, como de venida a ella, dejando manifiesto eso que Maine de Biran denominaba continuo resistente. El punto de llegada del movimiento que acabo de indicar es su resistencia continua en mi vida (conjunto vital carne-cuerpo), así, por ejemplo: nos da una contractura muscular en la práctica de un deporte, un virus se hace a nuestros órganos, o nos pica un insecto. 
En el mismo sentido, y aunque sea de otra esfera de nuestra vida, ese movimiento halla polo en nosotros por ejemplo al saludarnos o al pretender ignorar a alguien, al gozar con otros, alegrándome, o al sufrir por injusticias, hasta sentir que “me hierve la sangre”, expresión que se corresponde de otro modo con el aumento de mi temperatura corporal (denominada fisiológicamente hipertermia inducida). 

La distancia y los otros

Parece entonces que lo invisible-visible de nuestras vidas, lo que acontece a cada instante, nos incumbe más de lo que suele parecernos; y aunque ciertamente no nos hagamos cargo de todo lo que ocurre, la mayoría de las veces tratamos de hacernos cargo de nuestro entorno y de lo que decidimos que nos importa, incluso no pocas veces bregamos con eso que creemos poder hacer medianamente bien, el trabajo, una afición, etc.

Venimos viendo estas semanas a través de las consecuencias inmediatas de la pandemia que sí nos incumbe lo que está aconteciendo en cada presente, también es cierto que la distancia vital y afectiva entre las personas parece ser muchísimo menos de la que nos figuramos a menudo (ya sea con excesivos razonamientos aclaratorios, en fuga de ellos, o de otro modo en abrazos y besos, en ocasiones ajenos la vida del otro). 
La distancia corporal respecto a otros por estos días, en medio de los acontecimientos que nos exceden con mucho, están siendo toda una invitación a ver lo invisible de la realidad, en los otros y con ellos. Notamos que somos carne viviente debiéndonos unos a otros, esto es, solidaridad como determinación a bien de otros. 

La otra persona, el otro, ahora empieza a ser “mi carnal” (en el uso que escuchamos de los mexicanos), ese con quien me va la vida, que es de mi entraña, es ahora “mi próximo”, lo veo en lo invisible de mi carne afectiva, en el esfuerzo, la privación, la contención, en ese desasimiento extremo, ganado a pulso para sí y para otros como una potencia amorosa en lo invisible: no enterrar a sus muertos, que es ahora proximidad contra toda apariencia, solidaridad con otros de mi misma carne “sin ser de los míos”, con quienes hasta hace no mucho eran “los demás”, a secas. 

La distancia no lo es aquí entre cuerpos anónimos respecto a nada, ni de muchos ocupados en cosas, absortos o buenamente volcados a cargo de la propia parcela, de esa que he elegido o me ha tocado. Mi distancia de otros aquí no es lejanía, es proximidad por su excedencia no sujeta a mí o dependiente de mí. Más bien, parece que nos permitimos y comenzamos a ver de nuevo, con ojos nuevos, el rostro encarnado del otro(s), a veces sufriente pero ante todo revelador de bien posible.

La Quietud

Vivir despiertos a esa distancia, que es proximidad a otros en lo invisible, en medio del trajín diario del que venimos, y al que solemos llamar normalidad, solo puede confirmarnos que no estamos ni cerca de la paz. Contra toda apariencia, esta excepcionalidad circunstancial de “confinamiento y contención afectiva por el bien de los otros” ha permitido que brille mejor lo genuino de la acción de no pocas personas que pueden parecer diluidas en nuestra normalidad. 
Aquí lo excepcional de medidas obligadas, ha favorecido la atención de muchos que andábamos ajenos, “normales”. Mutamos de golpe a sabios de lo humano, afirmando sin reparo lo excepcional, ahora y solo ahora, de las acciones genuinas. 

Paradójicamente muchas de dichas acciones son habituales (no normales) para quienes viven en vigilia, o lo intentan no sin dificultad, claro. No hay duda que en medio de las personas que no suelen estar en los focos, o que estándolo logran con algún artilugio infantil despistar a los despistados, hay quienes resisten y casi padecen heroicamente, sin pretenderlo, la normalidad anónima a la que nos creemos acostumbrados y damos por buena. 

Entre estas personas, que llamamos aquí en vigilia, hay algunas que siempre han aplaudido desde sus balcones secretos: en autobuses, en un diálogo, en una mirada, en la escucha, en gestos cotidianos, etc., asimismo hay otras personas reconfortadas, y por momentos decepcionadas, pero con la esperanza de que sus acciones  alcanzarán un bien futuro que les sobrevivirá, viven sin aplausos (uno de sus premios más gratos). Ahora algunos aplausos llegan a sus oídos, estos aplausos dicen lo que suelen escuchar en medio de su determinación genuina y habitual, seguro se emocionan con o sin lágrimas, esto porque seguramente se congratulan de saberse menos héroes, de verse tan humanos con otros a la vista de lo invisible en la dureza y belleza que comporta. 

Ahora ellas tienen algo de tiempo para descansar: Quietud, incluso quienes están más de lleno en las contingencias inmediatas, pues evidentemente no riñe la quietud con la acción, al contrario una, sin ser la paz, da cobijo, alivia el camino de la otra. 
La quietud en tiempos de normalidad  está revestida de inquietud, se da en estas personas casi a pesar suyo, haciendo de la inquietud paciencia de la vida, modo de resistir, de no desesperar. 

La quietud se da de momento en las secretas determinaciones a bien de los ahora “despertados” en ella; también en quienes de nuevo nos permitamos ver en lo invisible de los otros y de lo que acontece algo de esa quietud posible. Este modo de darse de la quietud es anuncio de la paz. 

En la paz difícilmente estaremos mientras nuestro trato con la realidad sea solamente (aunque ya sería bastante) paciencia de la vida, más todavía, cuando arrecie una vez más la normalidad. Sin duda habrá de nuevo quietud revestida de inquietud, sin embargo en ese nuevo ahora ya la Inquietud estará más revestida de quietud en nuestro ver, de salida y en crecimiento a Quietud en el fondo de nuevas afecciones dotadas de lo acontecido: tercer nacimiento.

Sakura: De Inquietud a Quietud

Inquietud: Nieve sobre los cerezos en flor en Tokio el 29 de marzo de 2020 ¡Nos advierte la primavera en tiempo de revelación de la vida!

Quietud: La primavera no se detiene, la nieve derritiéndose. Aunque las flores de hoy estarán mañana muy lejos de lo que eran ayer les queda un poco más en su nueva belleza. Luego de los cerezos en flor vendrán sus frutos, los pájaros, esta nuestra vida…

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