Siempre y nunca confinado pensamiento; también en tiempos de pandemia. Ricardo Pinilla

A todos los sanitarios

Una causa por la que las ideas de la muerte no tienen el efecto que podrían tener es que a nosotros por naturaleza, como personas ocupadas, no nos conviene pensar en ella.
Immanuel Kant


Si todo lo que está ocurriendo estos días con esta pandemia que nos azota y nos confina fuera el guion de una película, leeríamos seguramente en su autoría algunas notas perversas, otras irónicas: un virus que se contagia y se ceba principalmente, hasta ahora, en países desarrollados y que muestra sin paliativos la vulnerabilidad y el estado de casi ausencia inmunológica en sentido social de esta sociedad global. Pero hay más: un virus que afecta sobre todo a las personas mayores. Esto no es en absoluto original, pero sí se torna perverso junto a ese índice abismal de contagio, especialmente los niños que acusarán una mínima mortalidad pero un gran potencial para contagiar a otros. Parece que este virus ha venido a cebarse sin piedad en una población envejecida, una demografía que llega a altas cuotas de edad pero desfuncionalizada socialmente, con “insuficiencia respiratoria” no sólo en sentido literal. Comienza a dar miedo esa hipótesis de la autoría. Es más tranquilizador olvidarla y acometer con sentido práctico y estadístico el avance del virus. Si hubiera un gran dictador sin piedad que quisiera “rejuvenecer” la demografía mundial posiblemente no lo estaría haciendo mejor. Y de otro lado, ante esta situación ¿cuál es la respuesta civil de los Estados, además de la lógica defensa sanitaria? Su respuesta es el confinamiento y el parón, el parón productivo, relacional y de movilidad. Otra gran ironía: ha sido un animal invisible, una vida tan apenas y letalmente heterónoma la que ha logrado, aunque sea por unos días, meses, pararnos los pies, parar un poco esta saturnal vorágine de devastación planetaria en la que el género humano se halla inmerso hace mucho y de la que ya hace tiempo no sabe bien cómo salir, salvo hacer ejercicios circenses de sostenibilidad, de equilibrismo global.

Lecturas como estas, pensando en una autoría de situaciones de fractura como la actual pandemia, ¿serán las propias del filósofo? Más bien no, en absoluto, pero habrá también de pensarlas, y habrá de saber que no son tan fácilmente evitables en muchos de los resortes latentes pero muy profundos cuando encaramos los meros hechos y lo que acontece. Pero es cierto, hoy día, nos diremos, más allá de ser sugerencias literarias, ese tipo de lecturas entran en lo que popularmente se llama “conspiranoia”. Sabemos que adjudicar intenciones a las catástrofes naturales, sean de justicia divina o de perversión diabólica, ya no resulta de recibo para un pensamiento sano y crítico. Ante esto, cabrá optar por una actitud positiva y creativa, sin más lectura de intenciones o de justicia acerca de lo que acaece y asumiendo la ilógica siempre algo perversa del mal y de la desgracia y afrontarla haciendo de la necesidad virtud, belleza y nueva verdad. Es verdad que en esa actitud nos concedemos la esperanza, eso que en clave de permiso (¿qué nos está permitido esperar?) señalaba Kant como la cuestión clave de la religión. Claro que esta opción es la más recomendable, pero deberemos ser cautos y no caer en convertirnos en meros instrumentos de un consuelo inoperante.

Tampoco creo de otro lado, que el lugar de la filosofía se halle en autocomplacerse en una incansable crítica desde la barrera de lo que se está haciendo y cómo se está haciendo. Hoy muchos ya analizan los fallos técnicos de los gobiernos, del capitalismo o de la sociedad global en general. Creo que el análisis filosófico debe comenzar siempre por un autoexamen de nuestra vida, de nuestros objetivos vitales. Y en este sentido, creo que debemos admitir que, haciendo verdad la expresión popular, siempre estamos en lo urgente y pocas veces en lo importante, salvo cuando las circunstancias deciden no salvarnos y entonces todo parece cobrar un nuevo y verdadero sentido.

¿Que dónde están los filósofos? Excelente pregunta, hoy y en todo tiempo. La filosofía no deja de buscar su lugar, de morar siempre en ubicaciones en principio diversas pero siempre afines en las diferentes épocas. Diría que muchos filósofos, y no sólo ellos, habrán recibido este confinamiento con una profunda sensación agridulce, pues al fin parecerá que el mundo parará un poco, dejará de devastar lo que queda, y se nos prescribirá paz y recogimiento en el hogar; tiempo simplemente de vida, de encuentro con los cercanos, de memoria y conversación con los ausentes, como algo más que una emisión e ingesta voraces de información. Pero claro, no podemos ignorar la causa de esta situación, no podemos ni queremos obviar ni por un instante el sufrimiento insoportable de tantos muertos sin sepelio, de tanta soledad, tanto caos e indefensión. ¿Cómo confinarse, cómo recogerse, cómo encontrar un mínimo de sosiego ante esta barbarie? Imposible. Mas quizás el filósofo nunca encuentra paz ni aun cuando se confina en tiempos de normalidad. El pensamiento siempre ha de ser inquieto, o no lo es en absoluto. No significa que no sea calmo, lento, sosegado, que lo es, pero siempre es eso con agitación interior, por su inevitable cuidado por la totalidad y por el detalle que se pierde al segundo; el pensar siempre ha sido agónico. A los filósofos quizás este confinamiento les sorprenderá ya deseando en parte ese confinamiento que se abre a los confines, disculpen el fácil pero estremecedor juego de palabras, les encontrará deseando estudiar la vida, en el sentido más griego de studio, con amor y detenimiento, con el tiempo siempre necesario para afrontar todo su dinamismo, o casi todo más bien.

Dejemos los discursos apocalípticos, los sermones morales, dejemos la imaginación calenturienta sobre intenciones perversas ocultas, pero no dejemos ni un segundo de asumir las ocasiones que situaciones como la presente nos brindan para repensar la vida, nuestra vida. El filósofo suele tener poco que decir y mucho que pensar cuando asume su presente. Es un animal rumiante, que se revoluciona como todos con la sorpresa y la ruptura, pero que no suele creer con facilidad en los decretos de nueva planta. Suele ir allí y allá, al pasado, a lo pensado y con eso también a lo que todavía no sabe ni cómo preguntar. Por eso los filósofos son cronistas simplemente y no filósofos cuando se apresuran en decir. Podrán ser más reflexivos, como un escritor podrá ser más locuaz en su expresión, pero asumirá que a la crónica inmediata deberá seguir la escucha cuando esto pase, para tal vez, ahí adquirir visos de verdadera reflexión. Los filósofos ya estaban ahí, expulsados normalmente del circo de la noticia de la normalidad, y siguen ahí, acaso en el mismo lugar de confinamiento, pero encontrándose a otros voceros que de pronto por orden gubernamental tienen que estar también en el lugar de la extrañeza inquietante de saber que habrá un día más, y que eso es ocasión de gratitud infinita, a la vez que un desafío casi insoportable. El filósofo como voz pública, ahí junto a otros, podrá explicar que esta situación ha puesto a prueba nuestro civismo, y ha aportado una nueva visión de la obediencia sin cuestionamiento a lo mandado, que los heraldos de la libertad y la autonomía ilustrada habían confinado a los cuarteles de inverno de las sociedades no libres y cuasi-militarizadas. Esta pandemia nos fuerza a arrojar una nueva mirada hacia la disciplina social, nos redescubre la conducta heroica en esos nuevos soldados que son los sanitarios, que literalmente están poniendo en juego su vida por salvarnos, pero también el personal de limpieza y la misma policía y el ejército en su función de velar por la seguridad. En ese plano más político de la cuestión de la libertad y la responsabilidad con la comunidad creo que hará falta que por fin se escuche lo que mucha filosofía no explícitamente política, pero si insertada en la preocupación de nuestra relación con los demás y con las cosas nos viene diciendo desde hace ya mucho tiempo: que la autonomía del individuo y la libertad es un ideal que acaso se ha desencajado de su inercia dialéctica en la que necesaria y muy oportunamente surgió. Claro que hay que liberarse de las cadenas, claro que hay que autocausar nuestros proyectos, pero no caigamos en la ingenuidad monstruosa de creernos autónomos en sentido pleno. O damos una cabida a lo que venimos ya llamando dependencias, antes heteronomías, o asumimos además que la verdadera libertad creadora, la de los mismos artistas, tiene mucho de entrega y escucha, o de lo contrario seguiremos intentando sostener y sustentar una libertad que creemos dañada o en estado de excepción en situaciones como esta, y que presurosa, con la nueva primavera, aunque llegue en otoño, se volverá a disfrazar de omnipotencia y total independencia del medio y de los demás. Creo que el último capítulo sobre la libertad de la obra Fenomenología de la percepción (publicada en la significativa fecha de 1945) que nos regaló Merleau-Ponty, nos da claves muy lúcidas para repensar nuestra libertad en este sentido.

Si salimos de esta, espero que podamos aprender algo de todo lo que estamos viviendo, espero que recordemos estos días no sólo como una condena, sino como una oportunidad inesperada de preguntarnos a dónde íbamos tan rápido y en tantas direcciones. Si luego todo vuelve a ser como antes, pronto todo podría volver a ser como ahora, y cuidado, que en esos inmovilismos de conciencia se basa muchas veces el agitamiento tremendista de la actualidad que nos obliga a asistir a presuntos cambios históricos casi cada día. Cambiemos por dentro, revisemos nuestros fondos, nuestros fines, nuestros verdaderos deseos, confesemos cuándo y por qué somos felices, o al menos, si a veces podemos simplemente soportar que el tiempo pase y que vuelva a pasar igual otro día; preguntémonos no tanto quiénes somos sino quiénes queremos ser, y vayamos a por ello Pero por favor, no con programas milagrosos, no con cursos intensivos de nueva humanidad en quince días, no con dietas maravilla para una existencia plena, sino asumiendo la paciencia y el afán de cada día. Mirando alrededor con el placer y el gusto de poder simplemente formar parte de este entorno, sin temer un contagio fatal o ser agentes nocivos. Estar, estar, simplemente estar. Creo que la vida buena transita por esas lindes, pero no puedo tampoco asegurarlo. Lo que desde la filosofía se exhorta no tiene por qué formar parte del testimonio de quien escribe. Quizá haya que predicar con el ejemplo, pero pensar, pensar creo que siempre se ha de hacer desde la carencia, la búsqueda y la pregunta, desde la philia, la tendencia amorosa a lo que todavía no se ha alcanzado.

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