Una razón vital que comienza a despertar. José M. Martínez


La vida nos ha cogido a contra pie de golpe y sin previo aviso. Todo el ritmo que vertebraba nuestra biografía y nuestra historia se ha detenido. Y es en estas circunstancias donde la filosofía tiene que tomar la palabra y poner en conceptos aquello que vivimos y, sobre todo, aquello que nos pasa. Este portal nos invita a pensar en ello poniendo en jaque todas las voces que pedían y profetizaban la muerte de la filosofía. Se equivocaban. Hoy es más necesaria que nunca porque obliga a la acción que puede representar el principio curativo que anhelamos y buscamos, pararse, establecer un alto en el camino y analizar lo que éramos y lo que queremos llegar a ser. Hoy se multiplican en las redes sociales los vídeos, los artículos y reflexiones para evitar el naufragio de una época y de un tiempo que ya no podrá desarrollarse como lo estaba haciendo.

Estos días nos movemos en tres planos de tiempo para intentar comprender lo que nos pasa: ¿cómo vivíamos?, ¿cómo vivimos? y ¿cómo viviremos?

¿Cómo vivíamos? El logro de este virus y de la experiencia del confinamiento es la confirmación de algo que ya sabíamos pero que pasaba desapercibido en nuestras conciencias. No queríamos admitirlo y era la certeza de la insostenibilidad de nuestro modo de vida. Datos y evidencias teníamos y tenemos por doquier. De Nietzsche a Bauman se establece un hilo conductor que afirma del sin sentido de nuestras acciones. La liquidez de todos los principios, valores, ideas y de la verdad misma han constituido nuestro día a día. La inmediatez y la rapidez son las dos válvulas que mueven nuestros pasos. Estamos inundados de una hiperestimulación que impide alzar la mirada y ser conscientes de nuestro derredor, de nuestras circunstancias y de la gravedad de las diferentes realidades humanas. De pronto, nos hemos olvidado de nosotros mismos, las agendas son interminables, produciendo una ansiedad estructural que ha producido sociedades medicalizadas en las que el dolor y el sufrimiento se han eliminado de nuestra vida diaria. El culto al cuerpo, a la imagen, a los posados, a la foto de perfil, al éxito social que se mide en la ubicuidad de estar en mil sitios a la vez y en ninguno se ha convertido en la meta y objetivo a seguir. Hemos perdido el norte, vamos, como suele decirse, como pollos sin cabeza. ¿Cuánto tiempo se dedica al cuidado de sí mismo y de los demás? ¿Cuánto tiempo se dedica a la oración y al silencio? ¿Cuánto tiempo dedicamos a la educación de nuestros hijos al llegar a casa? ¿Cuánto tiempo dedicamos a la mirada necesitada de la otra persona? ¿Cuánto tiempo dedicamos a ser conscientes de que estamos respirando?

Estamos en una época en la que tenemos toda la información del mundo que se confunde con el conocimiento y la verdad. Por el contrario, Occidente imbuido en su libertad entendida desde el bienestar y el consumo padece una amnesia perpetua sobre los fundamentos y principios de su mundo. Hemos ignorado, de forma kantiana, sus condiciones de posibilidad y, por tanto, sus consecuencias. Y es necesario que así sea. Estos días, leyendo la conferencia que pronunció Ortega en Buenos Aires en 1940, Ensimismamiento y alteración, me he encontrado con palabras que describe de forma profética lo que nos pasa: “Casi todo el mundo está alterado, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial; la posibilidad de meditar, de recogerse dentro de sí mismo para ponerse de acuerdo consigo mismo de acuerdo y precisarse qué es lo que cree y qué es lo que no cree; lo que de verdad estima y lo que de verdad detesta. La alteración le obnubila, le ciega, le obliga a actuar mecánicamente en un frenético sonambulismo”. Tenemos información de lo que pasa en el mundo, pero en el momento mismo que prestamos atención a una realidad, una llamada, un aviso, un anuncio, nos despista y nos adentramos otra vez, sin posibilidad de retorno, en el mundo onírico de la esfera digital. Estamos alterados y abocados a un sinfín de realidades que nos bombardean y deseamos hacernos con ellas. Todo debe ser probado, al instante, de forma automática, ignorando aquello que es verdaderamente importante y que con el confinamiento nos estamos comenzando a dar cuenta.

Podríamos hacer una radiografía descriptiva de nuestro tiempo al recordar la imagen que dio la vuelta al mundo de Aylan Kurdi, el niño de tres años que apareció ahogado en una playa de Turquía y un agente de la policía turca trasportándolo, poniendo de manifiesto la gran problemática de la crisis humanitaria siria. Durante un día los noticiarios y mensajes de política nacional e internacional clamaron al cielo. Al día siguiente, ya no se habló de ello, sin olvidar que junto a Aylan murieron su hermano de cinco años y su madre. De ellos dos nunca se habló. Creemos conocer lo que pasa, pero en realidad lo ignoramos dándole la espalda. Y esta ha sido una de nuestras tumbas, de nuestros sepulcros, expresado evangélicamente, creer que estamos despiertos cuando, en realidad, estamos dormidos, alterados por desarrollar un concepto erróneo de libertad sin compromiso y responsabilidad. Hace poco tiempo, en el metro de Valencia pude asistir a una escena dantesca. Una mujer joven invidente bajó de su vagón y al salir, desorientada, no encontraba las escaleras mecánicas, con tan mala suerte que perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer a las vías del tren. Una persona mayor que estaba a su lado la cogió. Eso pasó en frente de un banco donde había más de 15 personas, todas ellas con las tablets y sus dispositivos eléctricos, nadie se dio cuenta, ni se inmutaron y la persona mayor afeó la actitud a las otras personas. Sus respuestas pueden resumirse a través de una palabra: silencio. Las realidades importantes, las que sangran que producen llanto y sufrimiento se evaden porque pueden reemplazar nuestras agendas y prioridades.

¿Cómo vivimos ahora? La lección más importante de este virus es que no somos intocables. Somos tocables. Este es su gran magisterio. Creíamos que nuestra civilización, nuestra cultura y nuestro modus vivendi eran para siempre, inatacable, eterno y para siempre. Llegamos a pensar con Fukuyama que probablemente este era el fin de la historia. Ortega nos advierte de esta falsa certeza: “La historia nos cuenta de innumerables retrocesos, de decadencias y degeneraciones. Pero no está dicho que no sean posibles retrocesos mucho más radicales que todos los conocidos, incluso el más radical de todos: la total volatilización del hombre como hombre y su taciturno reingreso en la escala animal, en la plena y definitiva alteración”. Hemos llegado a pensar que la ciencia haría el resto con sus progresos y la creación de sus sistemas de comodidades y facilidades que fundamenta nuestro Estado del Bienestar. Pero se ha demostrado que no es así. Somos testigos todos los días de fallecimientos, de errores de esa sociedad del consumo, de la abundancia, de la opulencia. Hoy faltan, se buscan por doquier porque salvan vidas, guantes y mascarillas. ¡Qué contradicción! Hemos gastado dinero y tiempo en la superficie de la vida, en su cascara, y no en su núcleo donde habita y palpita. Hemos interiorizado hasta la extenuación la lógica de los tiempos, pero no la lógica de nuestra vida basada en una falsa comodidad que se ha manifestado con pies de barro.

El confinamiento ha producido que salgamos de la caverna de nuestra ignorancia vital y caigamos en la cuenta de verdades más básicas, que tenemos las personas y es que somos seres vulnerables que requieren de atención, cuidado y ternura. Hemos atisbado la importancia de las cosas sencillas, de una visita, de un abrazo, de la belleza del cielo azul no contaminado de nuestras ciudades a causa del confinamiento. Hemos conocido a nuestro vecindario. Hasta ahora invisibles, sabemos que están ahí, porque están pasando por lo mismo que nosotros. Pueden votar a un partido diferente al nuestro, pueden ser creyentes o no, pero nos une una causa común. Hemos recuperado el sentido de comunidad frente a un individualismo que cerraba puertas y pestillos. Soñamos más que nunca con el reencuentro, decir un te quiero diario, y no porque toca. Anhelamos lo que no hacíamos y sabíamos que era lo importante. La cuestión es por qué le dábamos la espalda y no lo hacíamos.

¿Cómo viviremos? No lo sabemos. Hoy los grandes popes de la filosofía, desde Zizek, Byung-Chul Han, Agamben, Chomsky, Butler, Nancy, Espósito, Lledó, Noah Harari o Touraine están intentando aclarar y hallar luz sobre lo que nos pasa y qué pasará en un futuro. Se habla del big data y su papel que van a ejercer de control y dominio sobre la acción y la conciencia de las personas. Por otra parte, de la credibilidad de nuestra economía, más o menos estado, más o menos mercado, del papel de los populismos y nacionalismos en esta crisis planetaria y la falta de liderazgos a nivel político e intelectual. Ahora bien, a parte de estos temas, lo que este virus ha puesto de manifiesto es que vivimos en un mundo afectado por otros virus que nos han inmunizado frente a aquello que dota de sentido a nuestra existencia. Lo que sí sabemos es que el camino que estábamos transitando no era ni es el adecuado. Nos conduce a un callejón sin salida. Si seguimos por la misma senda no deberíamos olvidar lo que irónicamente dice Ortega respecto al ser humano: “Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse”.

Para evitar la deshumanización y la despersonalización reinantes tenemos que despertar para estar atentos a lo que nos pasa, comprenderlo y proyectarlo en nuevas formas de vida que habíamos olvidado y queremos hacerlas efectivas y que nunca deberíamos haber olvidado. Llegar a este punto implica de forma necesaria un despertar. Heráclito, en los albores de la filosofía, distinguía dos clases de hombres y vidas: los dormidos y los despiertos. Los primeros son los que vagan por la historia, aceptando sus injusticias y tropelías con conciencia o no de ellas. Los segundos son los que quieren protagonizar la historia, los que toman las riendas de sus vidas desde la mirada y el sufrimiento de los otros. Este es el mayor antídoto, la mejor vacuna para combatir la amnesia, el egoísmo y el rencor colectivo. Cada uno desde sus capacidades y ámbitos, grandes y pequeños. ¿Por qué no hacer de nuestra vida una obra de arte en el que el amor, el cuidado, la donación y el servicio se conviertan en la brújula de nuestros pasos y de nuestra biografía? Este es el gran desafío de nuestro tiempo, nuestra gran obra de teatro con un papel asignado y determinado. Sólo así podremos despertar e influir en la verdadera curva de la historia.

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