¿Guerra? Graciela Fainstein


El día siguiente a las elecciones municipales en Francia, E. Macron pronunció un discurso cargado de solemnidad en el que al tiempo que anunciaba a la ciudadanía las durísimas restricciones de confinamiento y de aislamiento social que pondría en marcha, repetía como un mantra en su discurso el siguiente estribillo: “nous sommes en guerre” (estamos en guerra). Era posible percibir casi la imagen de gran patriarca o de padre protector que se dirigía a sus hijos, a toda su familia, para explicarles con toda ternura, pero también con gran firmeza, los sacrificios que sería necesario hacer a partir del día siguiente, después del anuncio del estado de emergencia sanitaria producido por la pandemia. Sus palabras sonaban como una grave justificación, un gran gesto de realidad, de necesidad frente a la tormenta que amenazaba con destruirnos a todos.
“Nous sommes en guerre”, repetía el político al concluir cada nueva frase, cada nuevo anuncio de la situación, mientras miraba de frente a la cámara con seriedad. Por lo visto, la apelación a la guerra estaba llamada a cobrar un gigantesco sentido para los millones de franceses que lo escuchaban y que escuchaban la repetición de su estribillo.
“Nous sommes en guerre”

Me quedé con esa frase dándome vueltas en la mente toda la noche y fue quizás ya de madrugada cuando un signo de interrogación llego volando como un pájaro para posarse suave y decidido al final de la frase.
“¿Estamos en guerra?”
Una guerra en la que las armas son los respiradores, las mascarillas, las camas de hospital, los tubos de oxígeno, las camillas, las vendas, los algodones…

(…) entro en los hospitales y entro en los algodones
como en las azucenas
escribía Miguel Hernández, que también decía:

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan
ellas pondrán dos piedras de futura mirada
y harán que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada

Casi todo es de color blanco en esta supuesta guerra: desde las batas hasta las mascarillas.
Los soldados y las soldadas (enfermeros y enfermeras) sonríen, lloran, derraman sus miradas más tiernas y amorosas, aplauden cuando alguien sale de la UCI, ponen el mayor empeño en conservar las vidas, en cuidarlas, en salvarlas. ¿Es esto una guerra?

Luego estamos todos los demás, que vendríamos a ser, en el lenguaje bélico “la retaguardia”.
Tampoco parece que se nos vea en posiciones y actitudes muy aguerridas. Básicamente estamos en casa. Solos o acompañados de nuestros hijos, de nuestras parejas, hermanos, padres, amigos, mascotas…
Cocinamos, limpiamos, arreglamos nuestro hogar, nos cuidamos, lloramos, reímos, nos comunicamos cada día con nuestros seres más queridos para preguntar por su salud, por su estado de ánimo, por sus problemas, para felicitarlos por sus cumpleaños, para darles algún consejo.
Algunos intentan seguir con su alto nivel de productividad en el trabajo “como si nada hubiera pasado” quizás por temor a que la locura y el miedo los desborden. Otros intentan distraerse viendo miles de películas en un afán de apartar por un rato el “estado de alarma” que bulle en sus cabezas como una amenaza en forma de incertidumbre.

Intentamos muchas cosas…hasta que, al fin, en algún momento nos rendimos (¿como si ya diéramos la guerra por perdida o como si quisiéramos cambiar esta “falsa guerra” por otra cosa distinta para la cual aún no tuviéramos palabras?)
Algunos descubren el silencio una vez que todo se ha detenido, como si el silencio fuera algo que habían olvidado.
Otros miran al cielo desde sus pequeñas ventanas y lo observan más azul y más limpio una vez que han desaparecido gran parte de los coches que circulaban por las carreteras y los aviones que surcaban permanentemente el horizonte.
El planeta, este planeta Tierra al que nos ha costado tanto sentir como nuestra casa parece estar descansando de nosotros, sus habitantes, descansando de la presión torturante a la que le estábamos sometiendo, arrogantes como nos hemos vuelto en la pretensión de dominarlo.
No, esto no parece una guerra.
La gente nos manda todos los días canciones hermosísimas, que nos hablan de fraternidad, de entregas amorosas, de esperanzas en una vida más dulce y más tierna, nos enviamos sonrisas, abrazos, nos prometemos besos que no nos podemos brindar ahora y que por eso valoramos de pronto tanto.
Empezamos a tener tiempo para mirarnos a nosotros mismos, para ser testigos de nuestras propias vidas detenidas de golpe como cuando se aprieta el botón de una cámara y nos vemos paralizados en medio de una frenética carrera, en medio de un salto al vacío… ¿a dónde íbamos? ¿hacia dónde saltábamos? Si parece que hasta el mismo transcurrir del tiempo hubiera cambiado…

Nos sobreviene de golpe un recuerdo, una dulce emoción y alguien a quien habíamos olvidado o que nos había olvidado nos llama por teléfono o nos envía un mensaje, o una foto antigua.
¿Guerra? ¿Estamos en guerra?

Sí, me diréis, pero hay muchísima gente sufriendo, muriéndose en los hospitales, ahogándose…hay mucho dolor. Y es verdad, hay mucho dolor, y mucha muerte, y muchos errores, y muchas torpezas, y… ¿pero acaso somos capaces de hacerlo de otro modo? ¿Alguna vez lo hemos hecho de otro modo?
También hay escenas risueñas, casi pueriles. Un guardia civil corta el paso en la carretera a un coche cuyo conductor le dice que se va a su casa de fin de semana porque….”esta muy agobiado” y el guardia civil, con expresión paciente le responde “sí, claro hombre….como todo el mundo!” o una joven se hace famosa con una canción que repite una y otra vez “Quédate en tu puta casa!” que es como decir “venga tío, entiéndelo de una vez, se trata de no colapsar los hospitales, te enteras?”
La verdad, amigos míos, entiendo que Macron utilizara esa imagen de la guerra a la hora de pedirle a sus compatriotas un sacrificio que imaginaba muy duro de realizar…y que necesitara dar un toque de atención, incluso una llamada a la madurez, a la responsabilidad y a la disciplina al grupo de adolescentes que somos…
Sin embargo, si hago un repaso de todas las imágenes, de todas las palabras y gestos de estos días, (¡y solo llevamos un mes!) no veo en absoluto teñirse el cielo de rojo, ni la sangre derramarse por los suelos, ni las espadas atravesando las carnes, ni oigo el estruendo de las bombas por las noches…solo oigo el rumor del mar y los aplausos de mis vecinos a las 8:00.
Y la canción “Resistiré”, aunque me gusta más el himno francés para la ocasión, lo reconozco, “La tendresse”…

Al mismo tiempo enciendo la TV y escucho que el presidente de la ONU pide, más bien exige, un alto el fuego en los escenarios de las guerras esta vez sí… reales en distintas partes del mundo.
¿Qué pasa? Me pregunto… ¿Por qué no lo exigía antes?

La verdad es que como a la mayoría de mi generación y de los más jóvenes, nunca me tocó vivir una guerra (viví algo parecido en pequeña escala, un estado de violencia desatada y cruel pero no puede decirse que fuera una guerra me parece) y sin embargo pienso en ciertas imágenes del metro de Madrid en horas punta o en el estruendo del tráfico de los coches por las avenidas y autopistas y aparecen en mi mente como algo más cercano a una guerra que este renacer de todos y de cada uno al paso de la enfermedad y la salud.

Esto no es una guerra queridos míos, esto lo veo yo más cercano a un trabajo, a un gran esfuerzo, al cumplimiento de tareas largamente postergadas, a una apertura de sentidos, de inteligencia y de corazón que veníamos necesitando, cada uno de nosotros consigo mismo y con los demás. Para decirlo de otra forma: un “ponerse las pilas”.
La adolescente Greta Turnberg con su ceño fruncido y su mirada severa nos lo vino a decir apenas unas semanas antes: “la casa esta en llamas”. Una frase que desde el punto en el que estamos hoy podría leerse como: “Por favor, paremos esta guerra en la que nos estamos aniquilando”. Ahora ella se ha callado. Quien quiera oír que oiga y quien quiera ver que vea.

Y para terminar, Miguel Hernández otra vez:

Retoñaran aladas de salvia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida
Porque soy como el árbol talado que retoño:
aún tengo la Vida
(de El hombre acecha, 1938)

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