Coronavirus y finitud. Gonzalo Soto


Siempre me ha impactado la interpretación del mito de la caída original de la tradición judeocristiana, vía Ricoeur, como expresión significativa de la finitud y mortalidad radicales del ser humano, cuya expresión más simbólica es el polvo eres y en polvo te convertirás.

Esta radical mortalidad es lo que se me ha venido a la mente con esta pandemia del coronavirus. En este sentido, he meditado en el canto goliardo del gaudeamus igitur con su “nos habebit humus”, en las consabidas categorías de ser para y hasta la muerte, en el “fugit irreparababile tempus” de los romanos, en el “carpe diem” horaciano, en Las Escrituras, en El séptimo sello como film que medita sobre la muerte y su implacabilidad, en lo que cada cultura tiene ante diversas celebraciones de la muerte, estudiados a plenitud para Occidente por Jean Philiphe Aries, en el Decamerón y su contexto de escritura, en el “diez illa, dies irae” de la liturgia cristiana, en los mortales-inmortales de Heráclito, en el Fedón de Platón, en La Peste de Camus como algo del pasado y mera ficción, en las necrópolis y cementerios de todas las culturas, en los ritos que cada cultura ha elaborado, en las danzas macabras del medioevo tardío, en la peste bubónica que afectó a Europa venida también del Oriente, en la alegría de vivir, no obstante la muerte, en la vida como meditatio mortis de tantas culturas, en las múltiples discusiones sobre qué hay más allá de la muerte, en el arte de embalsamiento egipcio, en la violencia y sus muertes, en “el yo fui lo que tú eres y tú serás lo que yo soy” como inscripción en tantos cementerios, en el día de los difuntos y sus celebraciones, en tantas pestes que ha sufrido la humanidad a través de la historia, en El amor en tiempos del cólera de García Márquez, en las pestes producidas por la guerra, en las violencias de todo género con sus consecuencias nefastas, en Epiménides, el célebre poeta-filósofo, que con sus poderes taumatúrgicos salvó a Atenas de la gran peste en el siglo VI A.C. y a quien le debemos los célebres versos “en Dios vivimos, nos movemos y existimos”, citados por Pablo en su célebre discurso en el Areópago narrado en el capítulo 17 de los Hechos de los Apóstoles, en la peste de la lepra y sus exclusiones sociales, en la fiebre española de comienzos del siglo XX… y en un etcétera inmenso.

Pero, en medio de este bosque, quiero delinear dos árboles bajo cuya sombra podemos acogernos para buscar una relativa paz en medio de nuestra finitud pandémica. Me refiero a Epicuro y Séneca, el primero con su célebre Tetrafármaco y el segundo con su “meditatio mortis”.

El tetrafármaco reza así: “dios no se ha de temer, la muerte es insensible, el bien es fácil de procurar, el mal, fácil de soportar”. Centro mi atención en lo relativo a la muerte: no se debe temer la muerte. ¿Por qué? Porque es una nada radical, puesto que es ausencia de sensaciones, hay que vivir con alegría la mortalidad de la vida, la muerte no es ninguna tragedia, no hay que pensar en ella pues ello genera dolor, si su presencia no nos debe perturbar, mucho menos nos debe angustiar su espera, mientras vivimos, la muerte no existe y cuando morimos ya no existimos, debemos enfrentarla con serenidad, paz, tranquilidad, imperturbabilidad, apatheia, vivir no es un mal ni la muerte una desgracia, el arte de vivir es el arte de morir.

Es la bella metáfora de Epicuro: vivimos en una ciudad sin murallas ni escudos, es decir, debemos librarnos del temor a la muerte, la muerte no es un mal, el miedo a la muerte es la ruina del vivir, saber vivir bien nos prepara para saber morir bien, la finitud es nuestra condición natural.

Todo ello lo practica Epicuro, cuando en sus últimos momentos, escribe a su amigo Idomeneo: en el día más feliz de mi vida y al mismo tiempo el último de mi vida, te escribía yo esto: “me acompañan tales dolores de vejiga e intestinos como no puede haberlos más agudos, pero a todo ello se opone el gozo de mi alma al recordar nuestras conversaciones pasadas…como corresponde a tu buena disposición hacia mí y hacia la filosofía”.

Así, el no temer la muerte se convierte no en mero concepto sino en un modo de vida como ejercicio espiritual, para decirlo en términos de Hadot o una “tecnología del yo” en expresión de Foucault como concreción de la epimeleia heautou que nos convierte en un pequeño dios en la tierra como microtheos.

En Séneca, filosofar es una meditatio mortis que, a través de la praemeditatio malorum como práctica de sí mismo y cuidado del yo ya no nos lleva a temer la muerte. A ello ayudan la amistad o cuidado de los otros como virtud clave, la imitación de los dioses. Con ello, se adquiere una autarquía como dominio de sí que modela la vida y aprende a llenarla de alegría y moderación de los placeres. Es que muchos acabaron de vivir antes de comenzar. Por lo mismo, como en Epicuro, la filosofía es una terapia y medicina del alma, no mera elocuencia discursiva, es curación de las almas, no mera payasería oratoria. Es que también la filosofía cura las enfermedades del alma, con técnicas de sí para vivir bien y bellamente. Se discute es para vivir bien y dominar las pasiones y hacer de la vida un todo empapado de rectitud, templanza, tranquilidad, constancia, ataraxia, magnanimidad, gratitud, sobriedad, lo cual no se adquiere con la lengua sino con la epimeleia heautou, gracias a la libertad como condición de la ética y de la vida buena. Ante las situaciones límite de la vida se tiene el recurso de la filosofía como domadora de los males y compañía salvadora que hace del hombre cosa sagrada para el hombre y llena la vida de principios éticos, de modo que ni el bien ni el mal están en las cosas sino en la propia alma y frente a la riqueza se debe vivir con lo necesario.

Sin embargo, hay una idea clave en Séneca: somos ciudadanos cósmicos, tenemos una ciudadanía universal. Si algo ha revelado esta pandemia es su ciudadanía cósmica, la finitud universal de la humanidad. Ante ello, todo lo dicho antes puede servir como técnicas de sí para afrontarla. Son sugerencias, imperativos hipotéticos que no universales, históricos y no atemporales, una ontología de la actualidad y del nosotros como posibles ideas, no como un recetario apodíctico ni ayudas psicológicas. Es decir, lo óptimo para saber vivir es la moderación.

Comentarios