Los muertos son los otros. Bruno R. Zazo


Atender filosóficamente a «lo que pasa» y a «lo que nos pasa», en concreto en estas semanas: semanas en las que estamos viviendo confinados por indicación de los gobiernos mundiales, y al objeto de protegernos de una supuesta pandemia letal. Esta es la propuesta de la invitación de Filosofía en Cuarentena del compañero John David, y que responde a la pregunta ¿Dónde están los filósofos?

Bien. Yo trataré de hacer todo lo que esté en mi mano para corresponder a la petición de John David sin alejarme, ni en lo material ni en lo formal, del contenido y del tono que creo debiera tener un ejercicio sincero de filosofía en medio de lo que, a mi juicio, es una catástrofe. No de otra manera podría actuar si sigo lo que escribió mi querido maestro García-Baró en el prólogo de su libro La compasión y la catástrofe. Ensayos de pensamiento judío: “La actitud de la teoría comporta siempre el riesgo de olvidar lo dramático de la desgracia y el crimen (…)”.

Este ejercicio filosófico, hijo de la sociedad abierta de Popper, elude incurrir tanto en afirmaciones objetivas que pudieran intentar dar cuenta de lo que pasa (explicación que, en el mundo actual, dominado por el consenso de 1945, compete sólo a los científicos de datos: datos que silencian al filósofo que ose afirmar, lleno de deber moral, algo que sea distinto de una tendencia físico-natural medible, recordándole que los desvaríos de sus antepasados, con sus metafísicas, dieron lugar al fascismo y a un Auschwitz) como también elude refugiarse en el posmoderno intimismo de contar qué nos pasa, porque no quiere internarse por los aburridos caminos del psicologismo, el historicismo o cualquiera de las corrientes de pensamiento que renuncian al pensamiento. Atiende primeramente al drama de la desgracia, y ojalá que sin victimismos.

Entre el objeto (tan sobado, tan masturbado, por los miles de expertos que hoy tienen voz para aturdirnos) y el sujeto (tan mirado, tan exhibido y tan leído, a través de pantallas, zooms, blogs, columnas y redes sociales), yo quiero fijar mí fatigada atención filosófica, esa que John David me pide, en eso que hay ahí enmedio: si a los escolásticos que se empezaban a inquietar por los derroteros que tomaba la economía de entonces les preocupaba especialmente la legitimidad del ‘interés’, por ser este interesse, por estar borrosa su entidad, a mí me preocupa hablar aquí de esos seres que están entre el sujeto y el objeto: quiero hablar de los muertos.

Los muertos de estas semanas (los que serán, y seremos -en función del plan que se haya establecido por el poder competente- posteriormente) son los otros: esos otros que no son ni yo, ni tú, ni nosotros, que seguimos hablando y elucubrando y felicitándonos por seguir aquí; son los que callaron mientras agonizaban, los que fueron silenciados y los que pasaron a formar parte de curvas y diagramas que se interpretan de diversos modos en función de la tendencia que presentan: la reina madre de las ciencias hoy, año 75 de la era americana, es la economía. Estos muertos, estos otros, que han muerto reventados por dentro sin tener muy claro ni por qué ni de qué, son muertos de una era economicista y cientista y, por tanto, han sido medidos como cantidades hasta la saciedad. El número que cada uno de ellos, en su bolsa negra, supone, ha sido sometido a decenas de operaciones matemáticas en decenas de organismos y comisiones de expertos, al objeto de convertirse en dato útil para hipótesis de todo tipo, y que luego han servido de materia prima para ruedas de prensa, rencillas políticas, fundamentaciones de medidas legislativas y tuits de todo pelaje y orientación.

Tan económicos son estos otros (sin nombre más que para sus familias) que, todos juntos, como macabro escenario tras la batalla, conforman sólo un síntoma, una antiestética roncha, de lo que realmente tiene preocupado al planeta, ahora que lo de las muertes parece que está acotado: la crisis económica, o el acontecimiento (este sí, único en la historia) de que la economía moderna se haya detenido casi por completo. Ni con millones de muertos en las guerras mundiales se llegó a parar la economía mundial…

Si los muertos, que son los otros, no van a dejar de serlo, no van a presentar variación o tendencia, su problema ya no tiene relevancia: ha dejado de serlo. Mientras tanto, los vivos sí que estamos en un buen atolladero: estamos muy preocupados por la puesta en marcha del sistema, de nuevo. Y si los primeros días nos daba miedo sacar la basura por si ello nos costaba la vida (¡qué tiempos!), ahora la prioridad es ganarnos esa vida que nos ha quedado (maltrecha, frágil, aterida de miedos), mantenerla como sea, pues parece que no la vamos a perder por un tiempo. Y, para ello, volvamos a la senda, que es lo que nos compete: los muertos quedarán a la vera del camino. Los vivos, a la senda.

La senda es la senda del crecimiento, como ya sabemos. Crecimiento significa mercado (de horas de trabajo, de materias primas, de productos elaborados, de futuros, de arte, de sexo, de joyas…): mercado significa que quien vende algo en el mercado valora lo que vende en menos de aquello por lo que lo cambia (y por eso lo cambia): y de esa diferencia de valoración, al materializarse la transacción, sale un sobrante que, a su vez, genera otra transacción, y pone así en marcha un ciclo sin fin de compras y ventas. Ese era el mecanismo que estaba funcionando más -con burbujas- o menos -con recesiones- rápido, hasta que los gobiernos mundiales, en gran sintonía, y porque personas iban muriendo en distintos países en extrañas y similares circunstancias, dieron la orden general de detener el movimiento local y de quedarse en casa, causando como efecto casi inmediato la paralización de casi todo el comercio y la reducción del número de transacciones.

Mientras el objeto de todo esto aún permanece borroso, casi envuelto en una bruma de misterio respecto a sus categorías determinantes (vacunas, conspiraciones, etiologías, extensión, duración) y los más desconfiados nos martilleamos con el quid prodest, el sujeto parlante medio, tan animoso como psicótico, oscila entre la futurología acerca del mundo del mañana y el coaching moralista, que utiliza lo sucedido para invitarnos a un cambio de vida: una vida más consciente, más casera, menos capitalista y más ecológica, más zen. Los muertos son los otros, los que no dicen ya nada, los que no van a cambiar su vida a mejor, y los que no están envueltos en la bruma del misterio, sino descomponiéndose tras haber padecido, no sólo terribles sufrimientos físicos y anímicos, sino probablemente tras haber sido abandonados a su suerte o finiquitados con asepsia y en la más terrorífica de las situaciones. Su terror no añadirá una sílaba o una letra a la algarabía reinante de ahora, como, por otra parte, ha pasado siempre en la historia. No tienen, no tendrán, no tendremos, otra voz que la que aquellos que nos sobrevivan nos quieran prestar. Los campos, las fosas, los océanos, se llenaron de gritos y sangre, pero ahora están silenciosos y limpios de nuevo.

Pues bien. ¿Cómo hablaría, ahora, un muerto, uno de los cientos de miles de muertos pasados, o uno de los que vamos a morir de esto en algún momento próximo, si le dejaran, si nos dejaran decir algo? ¿Qué dirían, si tanto el sujeto parlanchín que es nuestra sociedad, que somos todos, como el objeto brumoso que son las verdades -y falsedades- que perfilan este momento, les dejaran a los muertos decir algo? ¿Cuál sería la palabra elegida?

Mientras las largas cadenas globales de producción intentan reanudar las conexiones que las pongan de nuevo en funcionamiento, los moralistas invitan a los vivos a comprar menos cosas a esos mercados globalizados, porque en el origen de lo que compremos estará una persona que, sin que lo sepamos, está llevando una existencia inhumana en un lugar lejano, sin las mínimas condiciones de dignidad humana material que debiéramos exigir. Hay que cortar esa dinámica y, sencillamente, no consumir. El sujeto parlanchín, videófilo, culturista y amante de la vida en red está tan perdido respecto a la comprensión de lo que pasa -y ya no repite lo que oye porque se da cuenta de que tener una teoría actualizada en tiempo real de lo que pasa es lo mismo que no tener ni idea de lo que pasa- como deprimido respecto a lo que le pasa -le pasa que se paró el mecanismo de su inercia vital, y se vio por primera vez fuera de la jaula laboral y vital en que vivía, sintiendo una vergüenza inconfesable por su vida de esclavo de lujo: y fantaseó a continuación con la posibilidad de dejarlo todo y de buscar una vida auténtica para, sin solución de continuidad, darse cuenta de que sólo dentro de la jaula hay comida suficiente como para sobrevivir y cubrir todas sus apetencias no-zen, deseando, por tanto, que, cuanto antes, le devuelvan a la normalidad de la jaula vital, abriendo para ello la puerta de la jaula social del confinamiento.

El mundo se prepara para la desescalada, que es el permiso para hacer lo contrario de lo que se ordenó hacer; y ello porque la situación, con los datos que se tienen -que son aún muy generales- indica que la situación es menos peligrosa que antes. Y como colofón, se apunta que el pico de la curva que se estimó hace semanas, según los datos manejados ahora, se ha pasado. Vamos a poner en marcha el mundo de nuevo y a reconstruir lo que se haya roto.

¿Cuál sería la palabra elegida por los muertos? Continuando con la frase de García-Baró, en su prólogo, si la teoría nos tiene que llevar primeramente a no olvidar lo dramático de la desgracia, y he intentado centrar en ello la primera parte de mi respuesta a la invitación de John David, “(…) la historia, que casi por entero se ha convertido en el cementerio del futuro, como acaba de recordarnos Pierre Bouretz, exige de todos nosotros una atención extrema a la única cosa indispensable: las oportunidades y las vías de una esperanza que pueda calificarse de absoluta.”. Los muertos que murieron destrozados en sus casas esperando semanas a ser admitidos en un hospital no tienen culpa de nada, como no la tienen los que lograron entrar en un hospital y murieron y ocuparon espacio que quizá a otros hubieran podido salvar la vida; probablemente todo aquello se haya debido, como la historia muestra cada cierto tiempo, más a la banalidad propia de las decisiones humanas (de comunicación, de asignación de recursos, de prioridades de actuación, de seguridad, de inseguridad…) y al error y la incompetencia también humanas, que a la verdadera mala fe.

Los que quieren dar la palabra a los muertos (sus hijos, sus familiares, sus amigos, o simplemente los amigos del universo que somos los filósofos) creo que optarían por el silencio. El silencio como la vía principalísima para encontrar las oportunidades que lo sean de esa esperanza absoluta que no es que plante cara a la otra alternativa, el nihilismo, sino que la sucede necesariamente una vez que el nihilismo ha fracasado como religión oficial.

La esperanza absoluta sería, primeramente, lo que la mirada de los muertos, de los otros que han acabado apilados en bolsas negras en pasillos de muchos hospitales y residencias, nos requeriría para perdonar el que nosotros hayamos, con nuestra acción, sido su infierno. Una torpeza más, una muesca más en el revolver de los errores de la humanidad, nos está permitida, claro que sí. Pero, a cambio, oh admirabile commercium, se nos pide una contrapartida: aprovechemos los días (que tras esta noche lúgubre vinieren) para pensar de nuevo, para volver a la metafísica como vuelve el hijo a la casa del padre; y hagámoslo como si ellos, los otros, nos estuvieran mirando: como si ellos, a menudo mejores que nosotros y más generosos en su entrega, hubieran dejado en nosotros, no sólo la huella que se corresponde con la piedad que se tiene por los padres, sino la huella muy primordial de la mirada de ese tú en el yo que le convierte en semejante y que exige el amor. Él nos amó primero, y ellos nos amaron primero, seguro. ¿Cuál será nuestra respuesta a la llamada?

Mediando en principio entre el sujeto moral (recordemos: nosotros, los que vivimos el lujo de no haber muerto, moralmente tenemos que seguir siendo sujetos morales) y ese objeto hoy borroso que es la idea de humanidad y que tantos quebraderos de cabeza nos está dando, ellos, los que no están porque han sido aniquilados por nosotros (nuestra mirada y nuestra palabra), y su mirada, y su palabra, si están vivos de verdad, si no hemos dejado que mueran del todo, son los que realmente nos permiten albergar, en un relato que viene de antiguo, la esperanza de poder pensar. Ellos nos dan la lógica necesaria para el pensamiento, como ellos nos dan el punto de apoyo para ejercer nuestra libertad.

Un poder pensar que ya no es ni el mero voluntarismo de las facultades del sujeto moderno ni la negación a pensar del individuo que lo reemplazó, sino algo más cercano al com-pensar, al com-prender y al com-padecer. Un cierto corolario a una comunión que debiera, y hubiera debido, reinar siempre entre nosotros, al objeto de que no hubiera habido homicidios, de nuevo, en la historia de la humanidad. Siendo todos en Uno, los muertos, siempre que se producen, son todos el mismo.

Los muertos son los otros; pero si, tras haberlos matado, no nos mueven a ser lo que más esperanzadamente podemos ser, y que de hecho les debemos el lograr serlo, entonces los muertos están entre nosotros: entonces los muertos somos nosotros. Vivos y muertos son lo mismo. Somos muertos vivientes que mejor hubiéramos acabado en una bolsa negra como ellos que por este mundo de aquí, dando vueltas por fuera o por dentro de no se sabe qué, mientras alguien que no conocemos y no es de los nuestros nos mira, nos confina, nos vacuna, nos desescala y nos re-normaliza para volver a engancharnos a la noria que nos tiene destinada y de la que nos asombramos que nos desenganchara por un momento.

Lo que pasa, y lo que nos pasa, no es otra cosa que lo que les pasó a ellos antes que a nosotros. Si no realizamos la esperanza que debemos, nos pasará lo mismo que a ellos, y nos volverá a pasar una y otra vez, acontecimiento tras acontecimiento. Los muertos siempre serán los otros, y eso será y es lo que nos mata: lo que nos ha matado, nos mata y nos matará todos los días, hasta que le pongamos fin. Hasta que encontremos la cura.

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