¿Seremos mejores personas después de la pandemia? Juan P. Viola


A diferencia de la mayoría de los seres vivos que habitan el planeta tierra, la existencia del animal humano no se resuelve en el horizonte del mero desarrollo biológico. Parece obvio, ¿no? Para muchos, no lo es. Por el contrario, afirman que el hombre solo se entiende como un fenómeno “particular” de la materia… es decir como una "cosa material", al fin y al cabo.

En el último siglo y medio esta concepción se ha fortalecido. Gran cantidad de estudios que se vienen realizando desde el 1900 hasta el momento presente, influidos por los descubrimientos de la biología evolutiva, la neurofisiología y el estudio del cerebro, proponen entender la vida del hombre como un mero despliegue de sus potencias biológicas. Esta antropología siempre ha rivalizado con las que propone el humanismo. Ya en los tiempos de Sócrates y Platón surge una nueva forma de entender al hombre a partir de lo que los griegos denominaron psyjé, es decir, ánima, que tradujeron los latinos; alma, como diríamos hoy en castellano. El hombre, según estos filósofos, no es solo hyle, materia, sino también psyjé, alma. El ser humano es una unidad psicosomática, en la concepción de los filósofos clásicos, particularmente Aristóteles.

Estas tempranas antropologías unirán fuerzas con el judeo-cristianismo, que asumirá este modo de entender al ser humano, y lo ampliará con el concepto escriturístico de ruaj (רוחא), aliento, llevado al latín como spiritus, es decir, espíritu en nuestro español contemporáneo. Así, quedará consolidada una forma de entender al hombre que promueve una interpretación de lo humano como cuerpo, alma y espíritu. Esta concepción influirá muchísimo en Occidente, particularmente a través de una categoría que aportará la filosofía cristiana, y que la trascenderá; la categoría de persona.

Aquella antigua, tradicional y profunda concepción antropológica se institucionalizará en el derecho, la ética, la psicología y la cultura social de la Europa medieval, y continuará su desarrollo y profundización desde el S. XVI hasta nuestros días (desde Kant a Jérôme Lejeune); culminando con el pensamiento personalista cristiano de finales del siglo XX y principios del XXI. Bajo esta concepción, el desarrollo de la vida humana adquiere una complejidad y una riqueza sin igual, al elevar la mirada a un orden que está más allá de lo material. Y, si bien no podemos decir que el personalismo plantea una teoría homogénea en este aspecto, sí que hay intuiciones transversales a la obra de filósofos como Romano Guardini, Emanuel Mounier, Gabriel Marcel, Karol Wojtyla, entre otros.

Por ejemplo, en cuanto a lo que tiene que ver con la compresión de la existencia personal humana, el hombre es cuerpo (y materia), pero esta dimensión se encuentra subsumida a una dimensión más alta y más esencial: la interioridad. Y es en este orden “invisible” donde se juega, a través de una capacidad también trascendental que tiene el hombre como es la libertad y la capacidad de tomar decisiones, el sentido de la vida humana. El ser humano, por tanto, tiene la capacidad de darle un sentido a su vida, un significado que, como venimos insinuando, va más allá del mero crecer, desarrollarse, reproducirse y morir.

Buscar el sentido del propio horizonte vital a través de la prudencia (virtud intelectual) que guía nuestra toma de decisiones pasa por comprometernos con nuestras acciones más fundamentales, como son el trabajo (la acción sobre las cosas para el cuidado de sí) y la cura de los otros que nos son dados (acción relacional o ética desinteresada, que lleva al amor). Esta tesis se opone a la idea de que somos lobos esteparios. En esto consistiría el horizonte de compromiso existencial fundamental que le daría un sentido trascendente y esencial a la vida de todo ser humano, incluso más allá de sus creencias religiosas.

Y así llegamos al planteo que encabeza este artículo: ¿Seremos mejores personas después de la coyuntura del coronavirus y la cuarentena? Pues bien, todo lo expuesto anteriormente justifica la siguiente afirmación: el Covid-19 no nos hará mejores personas necesariamente. De ordinario, ningún hecho objetivo, ningún hecho “natural” tiene la capacidad de transformar nuestro ser. Puede afectar nuestro tener, incluso nuestro hacer, pero nunca nuestro ser, nuestra esencia de personas (al menos no de modo directo).

Es más que seguro que esta pandemia cambie nuestra percepción de las cosas, incluso algunos se atreven a hablar de un cambio de época (algo que yo sinceramente no veo muy claro). En todo caso, en este cambio epocal que se augura podrían atisbarse cambios a nivel geopolítico y económico. Cambios en la seguridad sanitaria y en las relaciones internacionales. De hecho, ya está cambiando el escenario internacional en ese sentido. Además, a nivel científico-tecnológico se aprenderá muchísimo sobre este virus en particular, y sobre todos los virus en general. Pero estos cambios no afectarán necesariamente lo más profundo de nuestra existencia.

Con esto quiero decir que los cambios estratégicos de orden ideológico y financiero no alcanzarán nuestro corazón y nuestra conciencia como para que demos un vuelco y nos convirtamos en personas más sabias en la toma de decisiones, más prudentes o más buenas. La política, y esto lo vengo diciendo hace un tiempo ya, no hace más buena a las personas. Ella es muy necesaria, pero al moverse en el campo de lo ideológico y del partidismo, en definitiva, en el orden del “interés”, no podemos pedirle que nos mueva a “amar incondicionalmente”, que es a fin de cuentas de lo que va la vida. ¿Cabe pensar una política en otro sentido? Sí. El Papa Pío XII ya hablaba, hace casi un siglo, de ella como una obra de la caridad cristiana, pero esta “política” debería aclarar su sentido, pues su matriz ideológica sería totalmente otra y distinta (incluso antagónica) respecto de la que mueve al mundo actualmente.

A cada ser humano lo marcará este hecho objetivo de un modo totalmente distinto, y de cómo lo asimile y lo haga personal dependerá mucho el impacto que sufra a nivel personal. Pero esto sería todavía a nivel psicológico y emocional. En este sentido, ser mejores personas después del coronavirus sería una decisión que debemos tomar en nuestra interioridad, ante nuestra conciencia. Debe surgir del corazón de cada uno de nosotros y estar en relación a la interpretación que hagamos de esta coyuntura. Porque lo importante no es tanto lo que nos está pasando, sino más bien cómo lo interpretamos.

Sin embargo, lo que nos interesa indagar es a nivel moral. Podremos madurar en nuestro desarrollo ético existencial, podremos “progresar” en el campo de nuestras “virtudes fundamentales”, primero, si las decisiones que tomamos están dirigidas por una mirada positiva (a nivel psicológico) y esperanzadora (a nivel trascendente) respecto de esta situación que no podemos controlar totalmente. Desde estas dos categorías vitales, que comprometen no solo nuestra razón sino también nuestro corazón, esto es, nuestra emocionalidad y corporalidad toda, podremos comenzar a obrar nuestra propia transformación.

Esta acción de transformación de nuestro corazón, que partirá de nuestra libertad, este querer ser mejores, deberá ir acompañado por lo que en el ámbito teológico se llama la gracia. Si nosotros tenemos la voluntad de que suceda un cambio profundo en nuestro ser, debemos esperar (con esa “pequeña esperanza” de la que habla Peguy) que a través de esa “gracia” (que nosotros no manipulamos) nuestro ser sea transformado. Y aquí alcanzamos un punto importantísimo de nuestra reflexión. El poder de transformación personal al que aspiramos y que nuestro corazón anhela (de modo extraño algunas veces) debe también acontecernos, con el concurso o no de nuestra voluntad, a través de un poder que nos excede y que es mucho más potente que la libertad sobre la que nos erigimos.

Hay que querer ser mejores, más buenos, pero lo que nosotros hagamos por nosotros mismos será poco en relación al cambio al que nos puede someter la gracia que no sale de nosotros, sino que viene de arriba. Y este arriba puede significar muchas cosas (sin necesariamente ser un término equívoco). Para los griegos tenía que ver o con las musas, o con algún daimon, o con la Moira, etc. Los antiguos griegos sabían no solo que tenemos un libre albedrío limitado para operar sobre nuestras vidas, sino que también hay una Voluntad externa que puede operar una transformación ontológica en nosotros,"malgré nous", de un modo mucho más profundo y fundamental de lo que somos capaces.

En síntesis, nosotros podemos aspirar a desarrollar a tope nuestras potencias vitales, a ser más ordenados, más prudentes, más inteligentes, mejores gestores de nuestra agenda y de nuestras energías vitales. Podemos tener un proyecto que se enfoque de lleno al éxito en lo laboral, empresarial o político. Pero transformar nuestro corazón para que nuestro obrar sea el de una persona buena (en el sentido de una bondad incondicional para con los otros) solo nos puede venir dado gratuitamente y al margen de nuestros propios méritos, de Alguien que no sea finito y condicionado como el mismo hombre.

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