Tiempos de ambigüedad. Juan P. Martínez


Si atendemos radicalmente a nuestra experiencia, podemos extraer una conclusión tan provisional como insatisfactoria acerca de los tiempos que estamos viviendo: la ambigüedad. No entendamos esa ambigüedad como un adjetivo que tiñe de un colorido particular nuestras vivencias, y les da la oportunidad de presentarse de otra manera, sino como el acontecimiento, a saber: la irrupción radical de la indiferencia no tanto como vivencia particular de un contenido, sino como la experiencia radical-enfermiza del ser, tan característica de nuestros tiempos sin nombre, dados o pasados ya de vuelta.

Al encontrarnos con nosotros mismos a solas, en nuestra propia casa, encerrados, hemos contemplado cómo ante nuestra mirada todas aquellas cosas que habíamos proyectado (trabajos, proyectos, relaciones,…) se iban cayendo una tras otra. En algunos casos, esto ha dado lugar a actitudes de reforma, de dar un vuelco a los fundamentos de la propia existencia. ¿Y cómo se ha considerado ese vuelco? En la forma vacía y hueca de empezar a valorar aquello que se había dejado a un lado en las ocupaciones cotidianas, sobre todo, aquellas que tenían que ver con el trabajo, y el efecto de multiplicidad y dispersión que este genera en la conciencia de los individuos. La vana o vanidosa sensación de la ocupación.

Así, ahora, algunos durante estos tiempos han empezado a entonar solemnemente cambios en sus propias disposiciones y formas de ver la realidad. Incluso han llegado a considerar necesario valorar el hecho de o bien pasar más tiempo con la propia familia, o bien dedicarse a meditar (o a eso que ellos llaman meditar), o ya, el colmo, a hacer “filosofía” y pedirnos a los filósofos que les demos unas técnicas para pensar y así dar mayor empaque a sus “reflexiones”.... ¡Qué solemnes y ampulosas suenan en las voces de las personas estas pseudoreflexiones que no dejan sino traslucir la ausencia de una vida edificada sobre el fundamento sólido de la verdad, sometida por otra parte al vaivén de unos tiempos absurdos!

Tiempos absurdos, sí, tiempos dramáticos, también. Mientras unos han afrontado el confinamiento sentados en los sofás de sus casas o haciendo recetas interminables de bizcochos, otros morían solos, y no frente a una trinchera, luchando, sino ahogados por un enemigo anónimo que nos ha recordado en palabras de muchos nuestra vulnerabilidad. Esa vulnerabilidad, predicada por los profetas de la calamidad, que siempre aprovechan estos tiempos para culpar, responsabilizar y tomarse la ocasión (y el tiempo que los que mueren o sufren no tienen) de recordar a los demás que la lucha frente al mal requiere de su discurso egocéntrico ante el que no podemos sino caer rendidos y reconocer precisamente lo que somos: bichos miserables. Eso sí, sólo ante ese discurso, sólo ante ese hombre. Es curioso y hasta abominable cómo el hombre es capaz de sacar partido incluso de las desgracias ajenas. Ya lo decía el sabio de Königsberg cuando señalaba que hasta en la desgracia de nuestros mejores amigos habita una secreta complacencia, la complacencia de poder pensarla sin verse concernido por ella. Así actúan nuestros profetas religiosos, que no dejan de sorprendernos en su capacidad infinita de retorcer la realidad del mal y el sufrimiento para usarla en beneficio propio, para sacar del mal su mayor bien, pues ¿acaso Dios de los males no llega a sacar bienes?

Y frente a todo tipo de discursos, religiosos, místicos, científicos,… nuestro enemigo invisible seguía y sigue paseándose extendiendo su estela de muerte. Pero quizá lo más letal de este virus no sea su capacidad de matar o de destruir, sino el hecho de que ha revelado algo muy importante que quizá nuestra cultura, amparada en un Estado de Bienestar omnipresente y deseoso de satisfacer a sus hienas, había conseguido olvidar, a saber: la ausencia absoluta de direccionalidad en nuestra conciencia, y con ello la presencia de una enfermedad mortal en la condición humana. En otras palabras, la ausencia absoluta de significatividad en la vida de todos y cada uno. Me explico….

No estamos traumatizados por lo que ha pasado. Nuestra intencionalidad no ha quedado tocada hasta el punto de ver por ella misma la necesidad de una reforma. Creo que hemos perdido muchos de nosotros esa capacidad de vernos concernidos por aquello que acontece salvo aquellos que han vivido aquellos acontecimientos en los que se revela de un modo genuino y sin explicaciones baratas parte de lo que somos: muerte, perdón, amor… Sin duda, podríamos decir que lo que estamos es anestesiados. Actuamos como seres sin capacidad alguna ni de sufrir, ni de afrontar la vida que vivíamos con la valentía necesaria para contemplarla como lo que era y es: un escenario vacío de objetividades realizadas y alcanzadas (llamados logros personales o profesionales) sin orden ni concierto. De esta manera, participamos todos del fenómeno indiferente del “ser”, de su escenario en el que todo está sujeto a representación y todos somos actores prescindibles e intercambiables. Nuestra vida podría interpretarla cualquier otro y podría con ello cumplir los mismos objetivos fríos, inertes, sin vida, estandarizados.

Digámoslo así. Ya no somos o hemos dejado de ser hombres de carne y hueso. Somos más bien receptores pasivos, pero no alterados en una pasividad radical que exige de nosotros esa capacidad mántica de la conciencia, ese no ligar nuestra conciencia a un horizonte meramente mundano de relaciones. Estamos cogidos en los hilos de una existencia mundana que ni siquiera vive preocupada o retrotraída en la pregunta acerca de su propia posibilidad.

Veo al hombre de hoy no enseñoreado en su propias posibilidades, sino hundido en el fango de su propia posibilidad, que yace coartada, sin interrogantes, sin ampliaciones de sus propios límites,... La ambigüedad que vivimos y nos rodea nos ha dejado incluso al margen la consideración y vivencia del sin sentido o absurdo de nuestra existencia. No tenemos ya agallas ni estómago para afrontar ese fenómeno. Preferimos vivir hundidos hasta el fondo de nosotros mismos (ni siquiera ya en o hacia el interior), sin avergonzarnos por lo que somos o lo que podemos llegar a ser, sin ser capaces de afrontar el sin sentido en el que hemos vivido hasta ahora o aquel que con nuestras acciones podemos generar en la vida de los demás.

Es más, queremos hacer ver que estamos concernidos por lo que nos ocurre haciendo gala de una emotividad barata, en y por la cual tratamos de animarnos a nosotros mismos a seguir viviendo en esa existencia anónima en la que declaramos ser auténticos por mostrar nuestros sentimientos (de solidaridad, de cooperación con los demás,…), pero ellos se van tan rápido como se cierra la ventana del balcón en y desde la cual estamos asomados. Queremos imitar lo que acontece, emocionarnos ante lo que pasa para de alguna manera sentir que nos concierne lo que ocurre a nuestro alrededor sin llegar a estar implicados personalmente en lo que vemos. Quizá por eso al cerrar la ventana de nuestros balcones, muchos se sientan a ver sus consabidas series, para seguir deleitándose en el espectáculo de lo que acontece sin cesar. Da igual que acontezca esto o lo otro, lo importante es que yo esté entretenido pero de un modo que a mí me permita respirar. No vaya a ser que me angustie de pensar en el sufrimiento, la muerte y otras realidades (el perdón, el amor, el bien, la verdad,…) que podrían poner en jaque mi existencia indiferente (que no anónima).

¿Sacaremos lecciones vitales de esta enfermedad que ha cerrado las puertas de las casas? Algunos, por supuesto que sí. Los demás, dependerá. Pero en líneas generales, creo que debemos ser o hacernos conscientes de que una enfermedad más aguda que el COVID -19 está asolando la condición humana. De ello, depende que no cometamos errores peores de los que podemos prever.

Hagamos memoria de nuestra historia filosófica europea: Primero, nos hicimos miopes para contemplar la realidad empírica del mal y sus efectos devastadores en las relaciones que tienen lugar en el seno del mundo (no nos sirvieron de ejemplo las dos guerras mundiales, la persecución de los judíos,…). Después, renunciamos a pensar sobre aquellas realidades trascendentes que abarcan nuestra vida y reclaman a nuestra conciencia: el bien, la verdad, el amor,… Eso no se piensa, se vive de la forma y manera en la que uno considere, consideran los que habitan entre nosotros. Por último, lo que acontece en el mundo ha dejado de pillarnos por sorpresa, hemos dejado de vivir expuestos. La enfermedad nos ha puesto frente a esa exposición, sí, pero lo que la enfermedad del COVID-19 no sabía es que nosotros no vivimos ya para exponernos a lo que acontece, y mucho menos para dejarnos cambiar por ello. Como prueba de ello, es que todos estamos deseando volver a lo de antes....

Para nosotros, hoy pasan cosas, y las cosas que pasan tienen que tener que ver solo relativamente con nosotros. Así aconsejan nuestros psicólogos. No es bueno dejarse afectar tanto, dirán algunos. Mejor ocupar el pensamiento con otras cosas que llenen de positivismo, dicen los que quieren ver lo positivo incluso en las realidades negativas que viven o sufren los demás. La ingenuidad de nuestra época pasa por creer que aquello que pasa podemos afrontarlo sin quedar implicados en ello, al modo en que la ingenuidad de la humanidad europea anterior a las dos guerras mundiales fue la de creer que la razón humana por sí sola podía generar un orden en las relaciones del mundo, en el que al final el reino del bien y del sentido acabaría triunfando sobre el reino del mal y del sin sentido. Sí, seguimos siendo ingenuos. Ingenuos por pensar no que estamos libres de todo mal (podemos afrontarlo con nuestra resiliencia patética), sino por considerar que la realidad verdadera consiste en no comprometerse con nada más que con un ejercicio estético de la vida, con una mirada contemplativa de las cosas, como si la historia y lo que acontece en ella no fuera más que un juego, como si los traumas de quienes han quedado anulados por esta crisis y otras tantas pudieran borrarse bajo expresiones afectivas que parecen disfrutar de y con el dolor ajeno o se muestran dispuestas a ponerles un parche objetivo (no es bueno quemarse).

¿Cuál será la conclusión de esto? Que saldremos de casa, sí, volveremos a recorrer nuestras calles, pero no sé si el estruendo de nuestra salida conseguirá erradicar el silencio de nuestras conciencias, su enfermedad mortal. En esa enfermedad mortal, está escondida la posibilidad de otra barbarie más radical que todas aquellas que hemos vivido como europeos durante el siglo XX. Por exceso de confianza en una razón autosuficiente, ingenua y optimista (incluso con tintes cristianos, en algunos casos), recordémoslo, caímos en la barbarie y no con mucha dificultad en la primera mitad del siglo XX. Por falta de apertura a los acontecimientos, de exposición a los traumas del mal, del bien, del amor, de la verdad,…estamos poco a poco abriendo la posibilidad de un mal radical, que de nosotros no exigirá ya un pensamiento nuevo o instituciones adecuadas, sino una humanidad nueva, un resto santo, dispuesto a exponerse bajo el telón terrible de la indiferencia anónima mundana, esto es, ante una audiencia “conmovida”, que llega, por ejemplo, a ver la Pasión de Cristo de Mel Gibson o cualquier otro drama de otro ser humano entre lágrimas y no sabe la pasión y el sin sentido que está generando en la vida de muchos, incluso del sufriente que contempla, con su conmoción patética, esto es, mientras llora de forma estética y narcisista.

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