¿Vamos a vivir suficiente? Finn Janning


Uno de los problemas que siempre han preocupado a los filósofos es la relación entre la comunidad y el individualismo. En los últimos años hemos sido testigos de las devastadoras consecuencias de comunidades recientemente florecidas como el movimiento de derechas (e.g. altright), pero también movimientos llenos de esperanza como el #MeToo o #FridayforFuture de Greta Thunberg. A continuación, también hemos sido testigos de algunas consecuencias inquietantes del individualismo: desigualdad global, polarización en el debate público, incremento de la soledad, situaciones de estrés, aumento de planteamientos ideológicos fascistas, etc.

Durante el tiempo de cuarentena he reflexionado sobre este problema clásico: ¿Qué hacemos como sociedad, como individuos?

En el libro Communitas: El origen y el destino de la comunidad (1998), el filósofo italiano Roberto Esposito reabre la cuestión de la importancia de la comunidad. Según Esposito, logramos escapar del “horizonte propio” simplemente al ver a la comunidad como una colección de individuos atómicos que se reúnen en torno a una propiedad común, ya sean valores, tradiciones, ideologías o idiomas. La comunidad se percibe como un atributo o cualidad que el individuo puede asumir y, por lo tanto, en realidad habla a los individuos cuando trata de hablar sobre la comunidad y viceversa. El problema con esa percepción es que se reducen todas las diferencias existenciales dentro de un círculo determinado. Se reducen las diferencias. En contraste, en una sociedad más sana es posible mantener su singularidad y ser miembro de una totalidad abierta.

El propósito de Esposito en Communitas es dar un nuevo significado a un concepto de comunidad que parece agotado y contaminado. El filósofo italiano quiere volver a su significado original y pensar lo que ha permanecido impensable en la historia de la filosofía. El término latino de communitas se refiere ante todo a lo que se opone a lo propio, lo que es público y no privado, lo que es general y no particular. Parece que hay algo generoso en este concepto. El segundo significado, y menos obvio, contenido en communitas se encuentra en la palabra munus que significa “deber”, “servicio” o “regalo”. Communitas, entonces, se refiere a una carga o deuda común que compartimos, y por lo tanto no a una propiedad, calidad o interés común. La comunidad no está unida por un “más” sino por un “menos”.

Quizá la tesis más radical de Esposito es que los miembros de la comunidad no tienen nada en común. Nada como una deficiencia, una grieta o vacío de sentido. Y con eso llegamos a los tiempos de coronavirus. Por ejemplo, una pandemia como COVID-19 es una nada concreta. Porque la nada que compartimos es nuestra mortalidad, ya que todos vamos a morir un día. La muerte está en el aire. Siempre ha estado allí –la muerte– pero ahora es más obvio. Con la nada –o COVID-19– se activa un deber de civismo, un oficio en el sentido que para muchas personas hacer nada es igual que hacer algo bueno. Repito: ahora mucha gente no hace nada para salvar a toda la sociedad; la nada es el pegamento. Y además, quizá en este sentido, detrás de todo el sufrimiento y tristeza que también hay, deviene un regalo: una “communitas” nueva. Estamos cambiando nuestra forma de vivir, no solo para sobrevivir biológicamente, sino para salvar una forma de vivir que nunca va a ser igual que antes. ¿Qué queremos salvar? ¿Qué queremos dejar detrás? ¿Qué es realmente importante?

En su libro, Esposito, llega lejos en el canon de la filosofía de Europa occidental, pero es en la comparación del pensamiento de Hobbes y Bataille sobre la comunidad el que me parece más nítido. El pensamiento de Hobbes sobre la comunidad es un ejemplo de lo que Esposito define como el “paradigma inmunitario”, que se puede resumir de la siguiente manera: en la comunidad finalmente estamos libres de los demás. En Hobbes, la comunidad es un contrato individual que tiene como objetivo protegerme de los demás, es un medio para garantizar mi supervivencia individual.

En Bataille, por otro lado, la comunidad es una rendición final, una experiencia compartida de la nada en nuestra existencia, del defecto fundamental que compartimos como seres mortales. En la comunidad, renunciamos a nuestra identidad a favor de confirmar una ausencia fundamental de identidad, no somos perfeccionados, pero confirmados en nuestra imperfección, no nos volvemos “completos” sino “compartidos.” Somos parte de una totalidad que siempre es más grande que nosotros, y que siempre está cambiando. Una identidad nunca es más que un ilusión.

Para mí la diferencia clave entre Hobbes y Bataille es que la filosofía del primero tiene como base un temor de la muerte, y la segunda tiene como base un temor de que no vamos a vivir suficiente. Yo, personalmente, prefiero la segunda.

Esposito –y la historia– nos recuerda el totalitarismo inherente que radica en pensar en la comunidad como una identidad que debemos asumir, un origen al que regresar o una esencia para la recuperación. Tanto las comunidades destructivas como el problemático individualismo son el resultado de la inmunización, la protección contra el enemigo externo, el cual no es propietario, como nosotros, los miembros de la comunidad, y el establecimiento de la animosidad mutua entre los miembros de la comunidad que están recluidos únicamente. Junto con un contrato de obligación y beneficio mutuos.

El replanteamiento, la comunidad que viene puede ser, por lo tanto, una salvaguarda contra las visiones de la comunidad totalitaria que han traumatizado el siglo XX, pero sin producir más narcisismo.

El sendero que tenemos delante, en mi opinión, no es uno con más control o vigilancia sino más sensibilidad. Necesitamos reestablecer un contacto con nuestra cuerpos y sentidos que ahora están en un sueño invernal después de casi dos meses de vida a través una pantalla. Una pantalla nunca puede compartir, lo que realmente compartimos es nada, la muerte. Quizá porque la vida de pantalla no respira. La vigilancia es, da igual sus buenas intenciones, una herramienta de un estado totalitario que no tiene confianza en sus ciudadanos, cuando el estado piensa que ellos no pueden actuar de manera responsable, no son capaces de conocer su cuerpo suficiente para saber cuando ponen en riesgo a lo demás.

Si el COVID-19 viene con un regalo, es porque hemos vuelto a lo más fundamental de nuestra communitas: somos organismos que respiran. Espíritu y pneuma, como dicen los griegos, significa respiración. Cada respiración tiene su ritmo. Ritmo se refiere a dos cosas: un movimiento, un impulso y el movimiento o punto que se repiten. El ritmo está en nosotros. La moraleja es: si algo no tiene ritmo, no tiene vida. Entonces, lo que repetimos nunca es lo mismo sino la diferencia. Cada respiración es única. El eterno retorno de Nietzsche, por ejemplo, no es el retorno del mismo, entonces la misma normalidad no va a volver, nunca. Pero todavía podemos preguntar ¿Qué forma de vida, o que forma de respiración queremos dar en el futuro? ¿Qué respiración queremos repetir? Puede ser una más limpia o menos contaminada, una respiración con menos estrés por las mañanas, con menos rigidez horaria, con más espacio para pensar … para amar.

Si cada uno de nosotros afrontamos nuestra muerte solos, ¿Por qué no tenemos la posibilidad de vivir a nuestra manera si no molestamos a nadie? Nadie o nada. Cuando nada me molesta puedo compartir todo. Como transformar esto en algo político, es el reto de La Moncloa en estos momentos.

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